Gabriela: añoranza, viaje y poesía

Este 7 de abril conmemoramos su nacimiento y por eso te traemos una selección de poemas de Gabriela Mistral (1889-1957), primera latinoamericana en recibir el Nobel de Literatura (1945). Fue una pieza esencial de la poesía chilena y educadora de profesión y pasión. Maestra rural en tierras nortinas y posteriormente diplomática, su trabajo literario y ensayos fueron difundidos en distintas lenguas y países.

Escribe y describe a Chile desde que sale por primera vez del país en el año 1922. Es la encargada de asesorar en materias educativas a José Vasconcelos, Secretario de Educación en México. A partir de aquel suceso Mistral comienza a cumplir tareas culturales y diplomáticas en diversas ciudades. Fue secretaria del Instituto de Cooperación Intelectual de la Sociedad de Naciones en Ginebra, trabajó en el Consejo Administrativo del Instituto Cinematográfico Educativo de la Liga de las Naciones en Roma y dio clases en universidades de Estados Unidos, Puerto Rico, La Habana y Panamá. En 1933 fue nombrada cónsul de Chile en Madrid. Lamentablemente, recibe el Premio Nacional de Literatura de Chile en 1951, seis años después de haber obtenido el Nobel. Es enviada como cónsul a Nueva York en 1953, ciudad en la que fallece.

 

Poema de Chile

Libro de poemas de Gabriela Mistral, portada de Poema de Chile

Los textos que presentamos en este post fueron reunidos en Poema de Chile (1967), libro de poemas de Gabriela Mistral publicado de forma póstuma. Fue gracias a su compañera, Doris Dana, que hoy disfrutamos de la edición y recopilación de distintos retratos líricos que recorren el país natal de Mistral. Texto largo como la propia forma de Chile, la obra va caminando y viajando de norte a sur. Desde Hallazgo hasta Despedida, la hablante lírica desnuda gradualmente a su país región por región con los aspectos que más nutren el color mistraliano. 

Su pluma escribe desde el anhelo y la melancolía, pues estos poemas de Gabriela Mistral fueron escritos lejos de Chile y sin ninguna visita de por medio. El ideal de país y de paisaje con el que la poeta pinta se empaña a ratos por la óptica del recuerdo.

Sin embargo esta visión, aunque utópica, no deja de ser política y crítica. Se dirige no solo al paisaje y la naturaleza chilena, sino también a la identidad, a la pobreza y a la desigualdad social de su país. Fallabella & Domange (2010) señalan que la hablante:

Se toma la palabra para promover lógicas «otras», heterogéneas. De esta forma construye resistencias que subvierten a la lógica patriarcal y patrimonial históricamente imperante en Chile, creando una escritura incluyente de aspectos masculinos y femeninos a la vez, como cuando para nombrar su tierra dice «Padre y Madre que me dieron.» Así, ya desde su poema umbral «Hallazgo», nos enteramos que estamos ante el deseo de bajar a la tierra y recorrer «la largura de Chile» junto a una mama fantasma y un niño atacameño, ambos sujetos carentes de un lugar social de prestigio, que a pie recorren el territorio de norte a sur. Esto es, en esta obra se trata de un bajar hacia el «sur», una opción por el subdesarrollo, en cuanto a la posibilidad de armar otro desarrollo, donde se materialice su utopía.

Las visiones políticas, místicas y religiosas en estos poemas de Gabriela Mistral se van escalonando de norte a sur, como un viaje mismo lo haría. Te invitamos a recorrer con nosotros en esta pequeña selección un trocito del universo mistraliano.

Por Graciela Olave Ramos

Poemas de Gabriela Mistral

 

En tierras blancas de sed

En tierras blancas de sed
partidas de abrasamiento,
los Cristos llamados cactus
vigilan desde lo eterno.

Soledades, soledades,
desatados peladeros.
La tierra crispada y seca
se aparea con sus muertos,
y el espino y el espino
braceando su desespero,
y el chañar cociendo el fruto
al sol que se lo arde entero.

Y en el altozano y en
las quebradas, como aperos
tirados como tendal,
tumbados de buhoneros,
aldeas y caseríos
llenos de roña y misterio.

Locos repechos, bajadas
como para niño y ciervo,
pero apenas un bocillo
de pastos de trecho en trecho
y caseríos callados
a medio alzarse, de miedo,
bajo el viento que los lleva
y que los suelta en dos tiempos.

Y otras tierras desolladas
en Bartolomés inmensos,
de un costado desangradas,
del otro en tendido incendio.
Y otra y otra vez aldeas
acurrucadas, friolentas,
con techo de paja y
huyendo y permaneciendo.

Tienen sed el cabrerío,
el olivillo y la salvia,
el pasto de cortos dedos
y el cuarzo y el cuellecillo
de muchachito y el ciervo.
Miseria de higuera sola
azuleando higos cenceños
y de tunal en que araña
a tientas un rapazuelo
y de mujeres que vuelcan
las «gamelas» y los tiestos
y el umbral empedernido:
toda la Tierra y el cielo.

Claman ¡agua!, silabean
¡agua! durmiendo o despiertos.
La desvarían tumbados
o en pie, con substancia y miembros.
Y agua que les van a dar a
los tres entes pasajeros
con garganta que nos arde
y los costados resecos.

Cruzamos, pasamos, blancos
de puna y de polvo suelto,
del resuello de la Gea
y el sol blanco de ojo ciego
y repetimos los tres
callando, de pecho adentro;
Agua de Dios, un cadejo
de nube, un hilillo fresco.

El agua en sorbo o en hebra,
sonando su silabeo,
merced al hilo de agua
delgada, piedad de estero,
mejor que el oro y la plata
y el amor dado y devuelto.

No se me doble el huemul
al que le blanquea el belfo
y no me mire el diaguita
que me rompe su deseo.
Un poco más y ella salta
con sus ojos azulencos
y van a beber de bruces
con risadas de contento
más doblados que sus cuellos
iguales en ciervo y ciervo.

Se paran, o siguen y arden,
callan y laten enteros;
y el soplo que yo les doy
no les vale, de ser fuego…

Apunta sí el «ojo de agua»,
ya en lo bajo del faldeo;
yo no sé, no, si es verdad
o mentira del deseo.
Está redondo y perfecto,
está en anillo pequeño;
brilla pequeñito y quieto
con dos párpados de hierba
y el ojo a nosotros vuelto
asombrado de sí mismo,
sin voz, pero con destello
milagro tardío y cierto.

¡Córno beben, cómo beben,
que yo les oigo los cuellos!
Y bebiendo son iguales
el con belfo y el sin belfo.
La lengüecilla rosada
apura su terciopelo
y el niño bebió con toda
su cara que tomo y seco.

Luz de Chile

¿Qué tendrán las piedras pardas
y los pedriscos y el légamo
que al más cascado lo llevan
alácrito de ardimiento?
Es como que el Valle hace
de camino y de viajero
y nos lleva liberados
de jornada y de aceceo.

La luz viva travesea
a donaire y devaneo
y da mirada de amante
rica de descubrimientos.
Prendidos a lo que amamos
vistas ni aromas perdemos
y por la luz que tuvimos
de muertos seguimos viendo.

Hermana loca la Ruta,
Madre Luz y Padre el Viento,
y tu Norte aventurero
no me faltéis que voy sola
con un huemul y un pergenio.

Lleva un lindo trotecito
el ciervo en Abel contento
y el Valle se nos anima
de sus locos corcoveos.

Por fin la sonrisa sube
al indio en corto chispeo
y a los tres ya no les pesa
el mundo que recibieron.

La luz del Valle Central
es la que nos da ardimiento,
hace ver el maizal
en muchachada que danza
y las melgas de frijoles
son un baile de muchachas.

Ella muda el nisperal
en cargazón de luceros;
de la higuera hace matrona
inmóvil por regadora;
de cada piedra hace otra
que es Reina y camina…

El mar

-Mentaste, Gabriela, el Mar
que no se aprende sin verlo
y esto de no saber de él
y oírmelo sólo en cuento,
esto, mama, ya duraba
no sé contar cuánto tiempo.
Y así de golpe y porrazo,
él, en brujo marrullero,
cuando ya ni hablábamos de él,
apareció en loco suelto.

Y ahora va a ser el único:
Ni viñas ni olor de pueblos,
ni huertas ni araucarias,
sólo el gran aventurero.
Déjame, mama, tenderme,
para, para, que estoy viéndolo.
¡Qué cosa bruja, la mama!
y hace señas entendiendo.
Nada como ése yo he visto.
Para, mama, te lo ruego.
¿Por qué nada me dijiste
ni dices? Ay, dime, ¿es cuento?

-Nadie nos llamó de tierra
adentro: sólo éste llama.
-¡Qué de alboroto y de gritos
que haces volar las bandadas!
Calla, quédate, quedemos,
échate en la arena, mama.
Yo no te voy a estropear
la fiesta, pero oye y calla.

¡Ay, qué feo que era el polvo,
y la duna qué agraciada!

-Échate y calla, chiquito,
míralo sin dar palabra.
Óyele él habla bajito,
casi casi cuchicheo.

-Pero, ¿qué tiene, ay, qué tiene
que da gusto y que da miedo?
Dan ganas de palmotearlo
braceando de aguas adentro
y apenas abro mis brazos
me escupe la ola en el pecho.
Es porque el pícaro sabe
que yo nunca fui costero.
O es que los escupe a todos
y es Demonio. Dilo luego.

Ay, mama, no lo vi nunca
y, aunque me está dando miedo,
ahora de oírlo y verlo,
me dan ganas de quedarme
con él, a pesar del miedo,
con él, nada más, con él,
ni con gentes ni con pueblos.
Ay, no te vayas ahora,
mama, que con él no puedo.
Antes que llegue, ya escupe
con sus huiros el soberbio.

-Primero, óyelo cantar
y no te cuentes el tiempo.
Déjalo así, que él se diga
y se diga como un cuento.

Él es tantas cosas que
ataranta a niño y viejo.
Hasta es la canción de cuna
mejor que a los niños duerme.
Pero yo no me la tuve,
tú tampoco, mi pequeño.
Míralo, óyelo y verás:
sigue contando su cuento.

Niebla

La niebla ha ido adensándose
en forro azul-ceniciento
y cegando el mar nos hurta
la nidada de archipiélagos:
hembra tramposa y ladina
que marcha con pasos lerdos.

Difumina a Chiloé,
llega hasta Tierra del Fuego
y trueca en malabaristas
lomos de niño y de ciervo,
y mi bulto escamotea
sólo porque lloren ellos.

Ya las trampas le conozco
de Redondear el cerco
y hacer «la gallina ciega»
con el pastor o el arriero.
Ella ahora está jugándonos
el su sempiterno juego
y urde ballenas y pulpos
de un vago mar hechicero.
Nos da por bien ahogados,
perdidos y prisioneros,
aunque estarnos bajo de ella,
como Dios nos hizo: enteros.

Les cuchicheo a mis críos
que no es bulto, que es resuello,
que no es brazo de ahogarnos,
que es, no más, bostezo muerto,
que no peleamos con héroe
sino con blanco esperpento.
Y el huevo azul entreabrimos
a lancetadas de acentos
y se lo desbaratamos
con los dos calientes cuerpos.

En el acuario de niebla,
acribillado de engendros,
el remador de tres mares
se ha puesto a contar sucesos;
dice los lentos canales,
romances los estrechos
como quien devana mundos
con las manos y los gestos.

Ahora el viejo está contando
el largo relato añejo,
de las costas masticadas
por el mar de duros belfos
y está diciendo a la Antártida
que habemos y que no habemos…

La Antártida de su boca
sube como alción en vuelo,
el blanco animal divino
engolado y soñoliento.
Así con ella dormimos
fraternales y mansuetos,
la bestezuela del símbolo
y el indio calenturiento.

Nos acabamos en donde
se acaba igual que en los cuentos,
la Madraza que es la tierra
y acaba en santo silencio;
pero los tres alcanzamos
el apretado secreto,
el blancor no conocido,
el intocado Misterio.

Raíces

Estoy metida en la noche
de estas raíces amargas,
ciegas, iguales y en pie
que como ciegas, son hermanas.

Sueñan, sueñan, hacen el sueño
y a la copa mandan la fábula.
Oyen los vientos, oyen los pinos
y no suben a saber nada.

Los pinos tienen su nombre
y sus siervas no descansan,
y por eso pasa mi mano
con piedad por sus espaldas.

Apretadas y revueltas,
las raíces alimañas
me miran con unos ojos
de peces que no se cansan;
preocupada estoy con ellas
que, silenciosas, me abrazan.

Abajo son los silencios.
En las copas son las fábulas.
Del sol fueron heridas
y bajaron a esta patria.
No sé quien las haya herido
que al rozarlas doy con llagas.

Quiero aprender lo que oyen
para estar tan arrobadas.
Paso entre ellas y mis mejillas
se manchan de tierra mojada.

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Fuentes: 

Biografía Gabriela Mistral Mistral – Cervantes

Falabella Luco, Soledad  , & Domange, Bernardita. (2010). Poema de Chile, sus manuscritos y la valoración del legado de Gabriela Mistral. Estudios filológicos, (46), 43-57. https://dx.doi.org/10.4067/S0071-17132010000200003

«Poema de Chile» -Poemas de Gabriela Mistral- Memoria Chilena

 

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