El 22 de abril se conmemora el Día de la Tierra y nos recuerda lo importante es cuidar nuestro planeta. Es por eso que te invito a leer una selección de poemas de la naturaleza en los que diversas voces rindieron homenaje a la maravilla que nos rodea: bosques, mares, montañas, volcanes, animales. Con su abundancia, respuestas, catástrofes y regalías, el planeta nos señala que todo lo que cohabita es importante y merecedor. Esperamos que este 2020 la conciencia climática, la compasión y la visión a largo plazo sea una directriz en los gobiernos del mundo a la hora de tomar decisiones.

¡Ojalá estos poemas de la naturaleza te hagan volar hacia mágicos paisajes!


Obra "Abadía en el robledal", pintada en 1809 por el artista romántico Caspar David Friedrich representando a estos poemas de la naturaleza

«Abadía en el robledal» (1809) – Caspar David Friedrich

Poemas de la naturaleza

Nature, the gentlest mother – Emily Dickinson (1830-1886)

(traducción de Manuel Núñez Nava)

Es−la Madre Más Gentil−Naturaleza.

Ningún Hijo la irrita−

La más débil o la más voluntariosa−

Su Advertencia suave−

 

Oye el viajero−en el Bosque−

En la Colina

Ave locuaz o Rampante Ardilla−

Contenida−

 

En una Tarde de Verano−

En Su Casa−cuando declina el Sol−

Grata es Su Charla−

Su Compañía−

 

Su Voz en el Pasillo enciende

La oración de la Flor−

Tímida−la plegaria

Del Grillo diminuto−

 

Cuando todos los hijos duermen−

Ella solo se aleja

Para encender Sus Lámparas−

Suspendidas en el Cielo−

 

Con Amor−

Y Cuidado infinitos−

Su dedo Dorado sobre su labio−

Ordena−En todas partes−el Silencio

 

Variación III – Dulcenombre – Pedro Salinas (1891-1951)

Desde que te llamo así,
por mi nombre,
ya nunca me eres extraño.
Infinitamente ajeno,
remoto tú, hasta en la playa,
—que te acercas, alejándote
apenas llegas—, tú eres
absoluto entimismado.
Pero tengo aquí en el alma
tu nombre, mío. Es el cabo
de una invisible cadena
que se termina en tu indómita
belleza de desmandado.
Te liga a mí, aunque no quieras.
Si te nombro, soy tu amo
de un segundo. ¡Qué milagro!
Tus desazones de espuma,
abandonan sus caballos
de verdes grupas ligeras,
se amansan, cuando te llamo
lo que me eres: Contemplado.
Obra, sutil, el encanto
divino del cristianar.
Y aquí en este nombre rompe
mansamente tu arrebato,
aquí, en sus letras —arenas—,
como en playa que te hago.
Tú no sabes, solitario,
—sacramento del nombrar—
cuando te nombro,
todo lo cerca que estamos.

 

Sol del Trópico – Gabriela Mistral (1889-1957)

Sol de los Incas, sol de los Mayas,

maduro sol americano,

sol en que mayas y quichés

reconocieron y adoraron,

y en el que viejos aimaraes

como el ámbar fueron quemados.

Faisán rojo cuando levantas

y cuando medias, faisán blanco,

sol pintador y tatuador

de casta de hombre y de leopardo.

 

Sol de montañas y de valles,

de los abismos y los llanos,

Rafael de las marchas nuestras,

lebrel de oro de nuestros pasos,

por toda tierra y todo mar

santo y seña de mis hermanos.

Si nos perdemos, que nos busquen

en unos limos abrasados,

donde existe el árbol del pan

y padece el árbol del bálsamo.

 

Sol del Cuzco, blanco en la puna,

Sol de México, canto dorado,

canto rodado sobre el Mayab,

maíz de fuego no comulgado,

por el que gimen las gargantas

levantadas a tu viático;

corriendo vas por los azules

estrictos o jesucristianos,

ciervo blanco o enrojecido,

siempre herido, nunca cazado…

 

Sol de los Andes, cifra nuestra,

veedor de hombres americanos,

pastor ardiendo de grey ardiendo

y tierra ardiendo en su milagro,

que ni se funde ni nos funde,

que no devora ni es devorado;

quetzal de fuego emblanquecido

que cría y nutre pueblos mágicos;

llama pasmado en rutas blancas

guiando llamas alucinados…

 

Raíz del cielo, curador

de los indios alanceados;

brazo santo cuando los salvas,

cuando los matas, amor santo.

Quetzalcóatl, padre de oficios

de la casta de ojo almendrado,

el moledor de los añiles,

el tejedor de algodón cándido.

Los telares indios enhebras

con colibríes alocados

y das las grecas pintureadas

al mujerío de Tacámbaro.

¡Pájaro Roc, plumón que empolla

dos orientes desenfrenados!

 

Llegas piadoso y absoluto

según los dioses no llegaron,

tórtolas blancas en bandada,

maná que baja sin doblarnos.

No sabemos qué es lo que hicimos

para vivir transfigurados.

En especies solares nuestros

Viracochas se confesaron,

y sus cuerpos los recogimos

en sacramento calcinado.

 

A tu llama fié a los míos,

en parva de ascuas acostados.

Sobre tendal de salamandras

duermen y sueñan sus cuerpos santos.

O caminan contra el crepúsculo,

encendidos como retamos,

azafranes sobre el poniente,

medio Adanes, medio topacios…

 

Desnuda mírame y reconóceme,

si no me viste en cuarenta años,

con Pirámide de tu nombre,

con pitahayas y con mangos,

con los flamencos de la aurora

y los lagartos tornasolados.

 

¡Como el maguey, como la yuca,

como el cántaro del peruano,

como la jícara de Uruápan,

como la quena de mil años,

a ti me vuelvo, a ti me entrego,

en ti me abro, en ti me baño!

Tómame como los tomaste,

el poro al poro, el gajo al gajo,

y ponme entre ellos a vivir,

pasmada dentro de tu pasmo.

 

Pisé los cuarzos extranjeros,

comí sus frutos mercenarios;

en mesa dura y vaso sordo

bebí hidromieles que eran lánguidos;

recé oraciones mortecinas

y me canté los himnos bárbaros,

y dormí donde son dragones

rotos y muertos los Zodíacos.

 

Te devuelvo por mis mayores

formas y bulto en que me alzaron.

Riégame así con rojo riego;

dame el hervir vuelta tu caldo.

Emblanquéceme u oscuréceme

en tus lejías y tus cáusticos.

 

¡Quémame tú los torpes miedos,

sécame lodos, avienta engaños;

tuéstame habla, árdeme ojos,

sollama boca, resuello y canto,

límpiame oídos, lávame vistas,

purifica manos y tactos!

 

Hazme las sangres y las leches,

y los tuétanos, y los llantos.

Mis sudores y mis heridas

sécame en lomos y en costados.

Y otra vez íntegra incorpórame

a los coros que te danzaron,

los coros mágicos, mecidos

sobre Palenque y Tihuanaco.

 

Gentes quechuas y gentes mayas

te juramos lo que jurábamos.

De ti rodamos hacia el Tiempo

y subiremos a tu regazo;

de ti caímos en grumos de oro,

en vellón de oro desgajado,

y a ti entraremos rectamente

según dijeron Incas Magos.

 

¡Como racimos al lagar

volveremos los que bajamos,

como el cardumen de oro sube

a flor de mar arrebatado

y van las grandes anacondas

subiendo al silbo del llamado!

Obra "Frescura de Invierno" de la artista nicaragüense Marina Ortega
«Frescura de Invierno» de la artista nicaragüense Marina Ortega. Fuente: La Prensa

La vida y la muerte se hermanan – Graciela Huinao (1956-)

 

Al mirar atrás
puedo ver el camino
y las huellas que voy dejando.
A su orilla árboles milenarios se alzan
con algún cruce de amargas plantas.
Pero es equilibrada su sombra
desde la huerta de mi casa.
Allí aprendí a preparar la tierra
la cantidad de semilla en cada melga
para no tener dificultad en aporcarla.
Es tu vida
–me dijo– una vez mi padre
colocándome un puñado de tierra en la mano.
La vi tan negra, la sentí tan áspera.
Mi pequeña palma tembló.
Sin miedo –me dijo–
para que no te pesen los años.
La mano de mi padre envolvió la mía
y los pequeños habitantes
dejaron de moverse dentro de mi palma
El miedo me atravesó como punta de lanza.
Un segundo bastó
y sobraron todas las palabras.
Para mostrarme el terror
a la muerte que todos llevamos.
De enseñanza simple era mi padre
con su naturaleza sabia.
Al hermanar la vida y la muerte
en el centro de mi mano
y no temer cuando emprenda el camino
hacia la tierra de mis antepasados.
Abrimos nuestros dedos
y de un soplo retornó la vida
al pequeño universo de mi palma.

Si disfrutas de estos poemas de la naturaleza y de los viajes visita: Palacio Real de Aranjuez: monumento histórico

 

Haikú de Chiyo-ni (1703-1775)

(Traducción de Vicente Haya)

Perfume para aquel

que la corta con su mano

Flor de ciruelo

Obra "Cheddar", paisaje de Rolinda Sharples (1793–1838) representando a los poemas de la naturaleza
«Cheddar» de Rolinda Sharples (1793–1838)

The Daffodils – William Wordsworth (1770-1850)

(Los narcisos. Traducción de Asun López-Varela)

 

Vagaba solitario como una nube

Que flota alto sobre colinas y valles

Cuando súbitamente vi una multitud

De acogedores narcisos dorados.

Junto al lago, bajo los árboles bailando trémulamente en la brisa

Persistentes cual estrellas resplandecientes

Que titilan en la Vía Láctea,

 

En perpetua línea

A lo largo de la bahía.

Vi miles de un vistazo,

Agitando sus corolas en alegre danza.

Las olas bailaban a su lado, pero ellos,

Superaban a las olas con su alegre resplandor.

Un poeta no puede encontrarse más feliz

En tan maravillosa compañía.

Les observé sin parar, sin pensar

En la dicha que me reportaba el espectáculo.

Ahora, cada vez que reposo en mi diván,

Con ánimo sosegado o pensativo,

Resurgen fugazmente en mi consciencia,

-Que es bendición de la soledad-,

Y entonces mi corazón se llena de dicha,

Y baila con los narcisos.


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La imagen principal que encabeza a estos poemas de la naturaleza es Der Mönch am Meer  o Monje mirando al mar de Caspar David Friedrich (1774-1840)
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