Chile y Argentina. A ratos tan unidos como separados. El fútbol, la política, el Pacífico o el Atlántico, cuando aquí la izquierda allí la derecha, cuando allí la izquierda aquí la derecha. Y sin embargo, somos superficies de una misma Cordillera. Como dos hermanos chicos que se agarran a combos en la habitación compartida. Camas separadas, conversaciones interminables. En el fondo, nos queremos.

¿Qué tiene que ver con Alejandra Costamagna? En su última novela, El sistema del tacto, devela la textura de una memoria familiar tejida entre Argentina y Chile.

Aina es una mujer descendiente de migrantes italianos. Su figura deambula entre el presente chileno y las antiguas visitas familiares a la ciudad argentina: Campana. La muerte de su tío Agustín la hace volver a la casona abandonada en la que la abuela, Nélida, padeció la locura de sus últimos días. Recuerdos, voces, novelitas a medio leer, el sonido de la máquina de escribir del tío, y un trasfondo histórico conflictivo: la tensión del año 78 entre Argentina y Chile.

Letras dactilares

Como huellas en la zona del crimen, Costamagna recopila la documentación escrita y fotográfica de su familia. Sus propias huellas. Un libro que tiene un pie en la ficción y otro en el relato testimonial, se interrumpe a la mitad por una serie de fotografías reales que guarda la autora de sus ancestros italianos.

El sistema del tacto es un libro telar en el que convergen la nomadía natural del ser humano con las diversas texturas del género literario. En primer lugar, la novela per se. Luego, las cartas de Italia a Argentina, las fotografías reales, firmadas por las raíces de la misma Costamagna. Las definiciones de la Gran Enciclopedia del mundo: una autoridad lingüística en medio del caudal intimista. Las prácticas taquigráficas del tío Agustín que coquetean con la poesía visual de forma hermosa y sutil.

Y finalmente el entramado total del espacio-tiempo. La reunión de un pasado grisáceo, de recuerdos difusos e historias a medio contar, con un presente rígido y seco, protagonizado por dos personajes que se encuentran en momentos muy distintos de sus vidas pero que son, fueron y serán siempre los «raros»: Agustín, el tío. En el pasado, un joven lector, letraherido de Campana que termina sus días hundido en la ciudad. A punto de morir en la total soledad de un largo y oceánico árbol genealógico. Y la «chilenita» Aina. En el pasado, niña lectora, aprendiz infantil del tío Agustín. La chilenita, a diferencia del tío, comienza un relato hundido en Santiago. Al otro lado de la cordillera. Donde el presente solitario se ve interrumpido por la vara ancestral, punzante, lo que llaman el «deber familiar». A nadie que lleve nuestra sangre se le puede dejar morir solo, dicen. O eso creí escuchar mientras terminaba la novela de Costamagna, leyéndome a mí misma en el hastío de Aina.


Por Graciela Olave Ramos

 

 

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