Beanpole (2019) es de esas películas que no deberías ver si estás algo bajón esta cuarentena. Pero como estar bajón no siempre es malo, sino que también puede ser productivo, la recomiendo igualmente. No por nada Kantemir Balagov obtuvo el premio al mejor director en Un certain regard del Festival de Cannes gracias a esta película. Además debemos recordar que la historia se basa en La guerra no tiene rostro de mujer (1985), obra de la Premio Nobel Svetlana Alexievic en la que se recoge el testimonio de las mujeres que combatieron en el Ejército Rojo.

Te cuento en este artículo los elementos que me parecieron más interesantes en el largometraje.

Beanpole: la familia en mitad de la guerra

Enmarcada en Leningrado – Segunda Guerra Mundial, Beanpole no sucumbe a transformarse en un mero retrato del horror bélico. Aunque la pobreza, la desigualdad y los estragos urbanos producidos por la guerra serán temas constantes, la historia principal no se desarrolla en torno a ninguno de esos conceptos.

Casi toda la película se localiza en un hospital donde yacen heridos y mutilados los soldados. Entre colores pasteles y una claridad fría que pareciera cortar la piel, asistimos a imágenes crudas y preciosas donde la carne, el dolor, la sangre y la invalidez nos estremecen como espectadores.

Ahora bien, la idea más relevante dentro del imaginario de Beanpole será la concepción de la familia y de la maternidad/paternidad. ¿Cómo mantener a una familia tradicional en plena guerra? ¿Hasta dónde se puede comprometer un soldado con su hogar después del shock, la invalidez o la mutilación? ¿Cómo se puede ser madre de los hijos y de los esposos a la vez? ¿Hasta dónde fueron arrastradas las mujeres que pelearon en el Ejército Rojo? ¿Qué pasó ahí con ellas, qué fue de sus vidas luego? Son preguntas que inevitablemente irán surgiendo en el relato de la película.

Distintas formas de ser madres

Aunque las familias tradicionales del siglo XX estuvieron conformadas por núcleos de madre y padre, es un hecho que durante la guerra fueron en su mayoría mujeres las que tomaron las riendas del hogar. Es cierto que muchas pelearon en el Ejército Rojo, pero los hogares seguían siendo lugar habitual de madres, abuelas y niños. En el caso de Beanpole, encontramos tres retratos muy distintos de la memoria familiar rusa. 

Las protagonistas, Iya y Masha, son dos trabajadoras del hospital. A pesar de que la primera es enfermera y la segunda auxiliar, se habían conocido antes en pleno campo de batalla.

Iya debe abandonar la guerra por un trauma cerebral que sufre en el conflicto y que la deja con secuelas crónicas. A veces se ausenta, sin razón alguna su cerebro se apaga mientras sus ojos siguen abiertos. Su personaje es tan inocente que duele. Sobre todo cuando en pleno trance le sucede por delante de sus ojos el horror, el sexo no consentido, los abusos y la rabia. Una rabia de la que no logra deshacerse ni expresar por la culpa que la atormenta. Y en su altura desmedida, como una niña enorme que no logra sostenerse en pie, mira desde lejos el deseo visceral de los otros. Apenas observamos a través de su mirada ausente aquel mundo interior que va desgranándose poco a poco.

Masha es un personaje que delira una alegría infantil contrapuesta a la calma acuática de Iya. Alegría que esconde el hambre y la violencia sexual de la guerra. Las dos mujeres conforman una familia, juntas viven una maternidad quebrada por la muerte del niño que las unía y se embarcan en la búsqueda del sustituto. Maternidad tortuosa para Iya -infantil, inocente, casi virgen-, deseante para Mascha -dominante, masculina y posesiva-. Esta tensión constante será el verdadero color principal de Beanpole: el deseo filial como una granada a punto de explotar entre ambas mujeres. ¿Se busca al niño perdido por buscar la vida?, ¿por buscar la humanidad y la pureza infantil que la violencia ha descascarado?

En segundo plano dos fotografías, tan distintas como el agua y el aceite. La primera esta rota por la guerra. El padre ha quedado inválido y lo cuidan en el hospital. Su mujer e hijas piensan que está muerto pero la esposa logra, después de bastante tiempo, dar con su marido. El reencuentro pasa rápidamente de la felicidad a la amargura: ¿cómo volver a casa sin poder caminar?, ¿cómo volver a ser padre en una silla de ruedas frente a una esposa cansada y unas hijas pequeñas, llenas de energía y juventud?

La otra postal es brutalmente distinta. Una imagen limpia y pulcra. No hay mutilados, no hay sangre y el hogar es blanco como la nieve que atropella a la ciudad. La madre ocupa algún cargo importante dentro del sector sanitario. Inspecciona hospitales, dirige a la servidumbre de su mansión y juzga a las novias de su hijo. El padre es un silencio abrumador que toca la crueldad.

Tres retratos y una propuesta narrativa que nos hace temblar la ética y la empatía. Sin ánimos de hacer spoiler, invito a que la vean bien despiertos y atentos. Seguro que Beanpole vale la pena en estos días de cuarentena.

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Por Graciela Olave Ramos
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