Blanca

Un cuento de Ewald Meyer Bustos* 

 

Al principio mi inter√©s por el caf√© Miranda era genuino: caf√©s preparados por baristas de fama nacional, un ambiente concurrido por su amena decoraci√≥n barroca, colores impresionistas y mostradores cargados de antiguas piezas de loza, lo convert√≠an virtualmente en uno de los pocos atractivos tur√≠sticos de Quilpu√©, una ciudad que (confes√©moslo) es fea. Despu√©s solo iba para ver a una camarera llamada Blanca, una mujer oriunda de Espa√Īa, de tez blanquecina, transparente y de baja estatura, acentuadamente curvil√≠nea y rostro herm√©tico. S√© que no es la mejor de las descripciones, pero cuando la vi aquel retrato fue la imagen menos difusa que retuve. Lo que s√≠ pude advertir con claridad fue que Blanca era lo suficientemente sobria al atender clientes como para evitar los t√≠picos calificativos de camarera ap√°tica, y lo suficientemente distante para mantener a raya a los clientes hombres que intentaran sobrepasarse. Como yo era hombre, naturalmente esa distancia tambi√©n se me aplicaba y la verdad es que nunca tuve en mis planes invitarla a salir ni mucho menos. Las cosas se dieron de la manera m√°s insospechada posible. Cuando me volv√≠ cliente habitual, el caf√© era como mi segundo hogar, hasta ten√≠a un asiento prefijado que empezaron a reservarme. En ese entonces las cosas iban bien. Hab√≠a empezado a trabajar en un estudio jur√≠dico de Vi√Īa del Mar como abogado penalista y adem√°s una universidad privada me hab√≠a contratado recientemente como profesor honorario de Derecho Penal. Hac√≠a muy poco que me hab√≠a independizado econ√≥micamente al comprar un departamento en el centro de Quilpu√©; espacio donde vi materializada una nueva forma de felicidad tras tantos a√Īos dedicados al estudio y a la vida de adolescente.

La familiaridad con que empezaron a tratarme en el café Miranda propició mi descuido respecto a las cosas que cargaba conmigo y varias veces mis pertenencias quedaban entre las sillas de mi asiento o encima de una de las opulentas mesas. Así fue como conocí a Blanca. Bueno, tampoco exactamente así. Al principio se me perdían los post-it con que marcaba las carpetas de mis causas judiciales, luego los lápices con que subrayaba, finalmente lo más inaudito: libros con los que hacía clases, apuntes e incluso artículos. Por suerte me los guardaban. Nadie pensaría que semejantes descuidos propiciarían un futuro encuentro con una de las muchachas más perspicaces que he conocido. Y efectivamente no lo hicieron, al principio.

Fue reci√©n cuando comet√≠ el grave error de perder el borrador de un art√≠culo que me obligaron a elaborar para un seminario en la universidad donde hac√≠a clases, como meta de gesti√≥n acad√©mica, cuando empez√≥ a prefigurarse el primer encuentro con Blanca. Al principio no sab√≠a d√≥nde lo hab√≠a dejado. No quiero entrar en detalles, pero el art√≠culo era importante y versaba sobre el concepto de acci√≥n en el Derecho Penal, donde la reflexi√≥n filos√≥fica abunda, sobre todo por mi decisi√≥n de comentar superficialmente la teor√≠a finalista de Welzel que toma mucho de la fenomenolog√≠a de Husserl. Aclaro que no tengo formaci√≥n filos√≥fica y lo que sab√≠a con suerte englobaba un par de referencias bibliogr√°ficas que dejan contentos a la mayor√≠a de los juristas de hoy. Mis recuerdos no son n√≠tidos pero tal vez fue la primera tarde de verano cuando Blanca se acerc√≥ a tomarme el pedido -que b√°sicamente consist√≠a en preguntarme si quer√≠a la orden de siempre: un caf√© arom√°tico de vainilla-, precedida por esa t√≠pica manera de desplazarse que ten√≠a, enigm√°tica y serena, gesticulando m√°gicamente por doquier y mirando con seriedad hacia el horizonte, empu√Īando el borrador que hab√≠a perdido hace semanas. Lo dej√≥ encima de la mesa con una mueca que me cautiv√≥ enseguida, acerc√°ndose y acerc√°ndolo cerca de mi brazo, cruz√°ndole la cara una sonrisa de complicidad y alegr√≠a. Not√© enseguida que el borrador estaba corregido a mano en la parte de las citas de Welzel, Husserl y Arist√≥teles: la puerta de entrada de las primeras salidas con Blanca, quien cursaba estudios de doctorado en Filosof√≠a de la Universidad Cat√≥lica. Al dejar mi art√≠culo hizo unos fugaces comentarios y tras unas palabras de agradecimiento m√≠as quedamos de juntarnos al final de su turno, en un bar cercano del centro donde trabajaba en la barra durante la noche. No le ped√≠ su n√ļmero, pero s√≠ la direcci√≥n del bar. Esa tarde me tom√© un caf√© extra y al pagar la cuenta me march√© con una sensaci√≥n de que el destino me hab√≠a conducido hacia un v√≥rtice de irrealidad, al permitirme salir con Blanca.

En mi departamento hice la hora hasta que cay√≥ la noche repasando las notas que ten√≠a de Welzel, Husserl y Arist√≥teles, para no quedar como est√ļpido frente a los bombardeos cr√≠ticos de Blanca, que fueron in√ļtiles porque la comprensi√≥n no puede suplantarse con chispazos de memoria. El bar ten√≠a dos pisos y estaba ambientado en el viejo oeste, con cuadros de pistoleros y bandidos en las paredes, parapetado con los caracter√≠sticos carteles de ‚Äúse busca‚ÄĚ en los asientos. Al entrar al sal√≥n not√© con alivio la gran convocatoria de gente. El primer piso no estaba muy poblado, porque el segundo era m√°s amplio y ten√≠a balc√≥n. La m√ļsica era rock cl√°sico de los ochenta y noventa. Solt√© una peque√Īa risa al ver a Blanca vestida de vaquera en la barra sirviendo tequila, pisco, ron, vodka y otros tragos cuyo nombre no logr√© retener. Lo curioso es que la vestimenta no le quitaba su seriedad habitual, que nunca abandon√≥ o que abandon√≥ a su manera cuando empezamos a tener m√°s confianza. Fue tragic√≥mico cuando me salud√≥ y dio a entender a trav√©s de un sutil gesto que se alegraba de mi llegada, un leve levantamiento de las comisuras de sus labios, el preludio de una sonrisa.

Fotografía de una copa quebrándose en blanco y negro

Empez√≥ a hablar de mi art√≠culo sin m√°s. Referencias imprecisas, bibliograf√≠a escasa, malas traducciones, dec√≠a ella y yo me perd√≠a en el encanto de la noche veraniega y del vaiv√©n de sus aros sonando, mientras hablaba con una voz atractiva y firme. La taberna parec√≠a sumergida en un festival de luces y candelabros citadinos, ambiente completamente festivo. Blanca articulaba el di√°logo con decisi√≥n, bailando con las expresiones, vocablos filos√≥ficos, alem√°n, lat√≠n, griego. Husserl y la reducci√≥n fenomenol√≥gica, eidos, epoj√©. Arist√≥teles, phr√≥nesis, pr√Ęxis, t√©chne, logos. Entend√≠ la mitad de las cosas que me dijo, pero me gustaba escucharla. Estaba fascinado. La interrump√≠ un momento para pedirle que me sirviera un vodka con t√≥nica. El vodka se toma solo, con hielo, me dijo, casi a modo de reproche. Me cont√≥ que un ruso le hab√≠a ense√Īado el truco para tomarlo as√≠. Al igual que la vida, tienes que respirar profundamente, fruncir el ce√Īo, cerrar las narices y echarle para adelante, dijo. En tanto ejemplificaba el modo de hacerlo -que m√°s que una t√©cnica era un temple de √°nimo- yo admiraba su versatilidad para pasar de una abrumadora erudici√≥n a mostrar c√≥mo tomar vodka. Me lo tom√© sin t√≥nica, con el temple de √°nimo preceptuado, y por alguna raz√≥n sent√≠ que mi vida se hallaba envuelta en un aroma primaveral propio de los lugares paradis√≠acos y que Blanca contribu√≠a a gran parte de esa sensaci√≥n. Algo que no sent√≠a hace mucho tiempo.

A mi alrededor la mayoría de los hombres conversaban en voz alta, casi gritando, mientras agitaban sus jarras de cerveza, chocándolas de tal forma que nos sorprendió que no se rompieran. Esperé a que Blanca terminara su turno para empezar con las preguntas más personales. Después el cantinero que reemplazó a Blanca en la barra sirvió tragos gratis a todos. Gracias a semejante cordialidad bebimos vodka hasta la madrugada; Blanca tenía una sobrehumana capacidad para resistir el efecto del vodka. En un momento perdí soberanamente la consciencia. Una errabunda reminiscencia de Blanca tomándome de la mano, en un intento por arrastrarme hacia la oscura noche, lejos del bar y del centro de Quilpué, es todo lo que supe del resto de esa feliz noche. Al día siguiente amanecimos en mi departamento e hicimos el amor todo el día.

As√≠ era Blanca: un aut√©ntico centro de gravedad, un sistema solar con su propia √≥rbita que me atra√≠a cada vez m√°s. Durante semanas nos dedicamos a ba√Īarnos en la piscina de mi edificio, a leer en voz alta sentados en las escaleras largas de una ciudad que parec√≠a sonre√≠rnos, a beber vodka en los bares de mala muerte de Valpara√≠so y a dar largas caminatas por una florida zona al costado del metro, vagando err√°ticamente, escabull√©ndonos en las aglomeraciones del centro y en los bloques de cemento del puerto. Poco a poco fui descubriendo en Blanca una nueva forma de felicidad, muy diferente de aquella derivada del exitismo profesional y de la prosperidad material que ofrece el mundo y a la que c√≥modamente uno se acostumbra.

Fotografía del universo en blanco, negro y azul representando el cuento de Ewald Meyer

Me cont√≥ sobre su vida: hab√≠a estudiado filosof√≠a cuatro a√Īos en la Universidad de Salamanca, haciendo un intercambio en Alemania por dos meses, antes de venir a Chile a doctorarse. Ya hab√≠a tenido suficiente cultura europea y buscaba probar suerte en nuevos horizontes, menos academicistas. Me explic√≥ que estaba finalizando el proceso de correcci√≥n de su tesis doctoral. Dos semanas tard√≥ en explicarme su tesis, dos a√Īos me demor√© en entenderla realmente. Al tiempo que lo pasaba bien con Blanca, sent√≠a que formaba parte de algo importante cuando me comentaba sus investigaciones filos√≥ficas. En ellas sosten√≠a que nuestra existencia moderna es una forma de aturdimiento, un cierto ideal de pacifismo y tranquilidad que excluye toda potencia creadora del ser humano: enfocado en las entretenciones triviales, preocupado del consumo masivo, en ocupaciones profesionales con alto nivel de estr√©s y poco tiempo para un trabajo intelectual ajeno al profesional, enfrascado en la obsesiva adquisici√≥n de propiedades, la circulaci√≥n del capital, mostrando una menudencia generalizada en los asuntos del pensamiento y un claro desinter√©s por los asuntos que no sean socialmente relevantes. No costaba mucho advertir que ten√≠a raz√≥n y que en su trabajo yac√≠a oculto algo de relevancia, m√°s relevante que andar preocupado de cu√°nto dinero uno gana a fin de mes, de elegir el destino tur√≠stico donde viajar o escoger a qu√© discoteca ir los fines de semana, por mencionar algo. Tampoco me cost√≥ darme cuenta de que, si no ten√≠a cuidado, con facilidad caer√≠an sobre m√≠ las geniales formulaciones del pensamiento de Blanca.

Pero estaba extasiado y poco tardar√≠a en tomarme con seriedad las abstracciones de la mujer que remov√≠a mis m√°s profundos cimientos. El intelecto de Blanca era lo mejor que ten√≠a y ciertamente sab√≠a usarlo: su mente almacenaba f√°cilmente bibliotecas enteras y sus neuronas un concierto de pensamientos entrelazados, al punto tal que muchas veces le dije que ten√≠a a la filosof√≠a occidental bajo sus pies. Nunca se me cruz√≥ por la mente que la camarera que me serv√≠a el caf√© era una de esas mentes brillantes que solo uno conoce por los manuales de historia. Yo me re√≠a cuando te ve√≠a muy concentrado, con cara de intelectual, leyendo en el Miranda, me respond√≠a. Porque sab√≠a que me las daba de intelectual y por cierto que lo cre√≠a antes de conocerla. Pero Blanca no necesitaba jugar al ce√Īo fruncido ni a la concentraci√≥n profunda para descifrar al mundo ni para conducirse en √©l.

Trabajaba de camarera para cubrir los gastos que no cubría su beca de doctoranda. Los honorarios del bar le servían para darse sus gustos, porque en realidad trabajaba por gusto. La filosofía no consiste solo en pensar, también es una forma de vivir, y uno no debe vivir solamente de la filosofía, decía. La contracara de Blanca era yo, que vivía de ejercer la abogacía y lo poco que pensaba era gracias a ella y algo de las clases e investigaciones que cursaba. De hecho, nunca supe exactamente lo que Blanca veía en mí, aparte del poco atractivo físico que tenía gracias a la vestimenta propia de mi profesión. Quizás admiraba mis habilidades sociales; muchas veces pensé que yo era el vehículo de Blanca con el resto del mundo, un vínculo físico y emocional también, porque algo que aprendí es que el filósofo pierde contacto con la realidad al inmiscuirse en los senderos escabrosos del mundo, los subterráneos del pensamiento son los más peligrosos.

Fotografía en blanco y negro de una mano sosteniendo un espejo roto en el que se refleja el rostro de un hombre

La cosa es que √©ramos muy parecidos en cuanto a personalidad, o quiz√°s muy diferentes, pero congeni√°bamos bien, al punto que comenzamos a asustarnos respecto al rumbo que la relaci√≥n apuntaba. Uno nunca se pregunta qu√© pretende encontrar en la otra persona, sino que simplemente se deja llevar y las cosas en un punto se vuelven inciertas. Unos meses antes de su defensa de tesis, Blanca decidi√≥ te√Īirse rojo y enseguida supe que ser√≠a mi perdici√≥n, porque las pelirrojas siempre fueron mi debilidad. Los fil√≥sofos tienen su propio sistema solar y es all√≠ donde hay que buscarlos, me dec√≠a, citando a alg√ļn autor que ya olvid√©. Lo que jam√°s olvidar√© son las maneras en que Blanca me seduc√≠a; un gesto incomparable, una cita exquisita, la articulaci√≥n de un pensamiento, la fijaci√≥n de una mirada, eran lo suficiente cautivadoras para mantener a cualquiera embobado por horas, d√≠as, semanas, o incluso meses.

Un d√≠a Blanca me present√≥ a sus amigos, con los que pasamos toda la noche tomando vodka, cerveza y fumando. Sin exagerar, creo que fue la mejor festividad de mi vida. Gracias a ellos conoc√≠ la verdadera profundidad filos√≥fica y el ambiente de una aut√©ntica conversaci√≥n. Uno de ellos era cantautor de rap y el otro profesor de literatura, aunque no pod√≠a decirse que el rapero fuera menos literato que el profesor. El rapero ten√≠a un aspecto flaco y desali√Īado e iba vestido de negro, con un gorro bien curioso y un bigote que le daba un aspecto bastante c√≥mico, mientras que el profesor era todo lo contrario: fornido, alto, con una barba que lo hac√≠a ver m√°s maduro e imponente, casi con pinta de metalero de los ochenta. Nunca supe el nombre del cantante de rap, pero su nombre art√≠stico era Matiah Chinasky. El profesor se llamaba Wladimir Espinosa y seg√ļn supe despu√©s, tambi√©n cantaba bajo el nombre de Cevlad√©.

En un momento de la noche empezaron a hablar de Nietzsche, Rimbaud y otro artista cuyo nombre no era lo suficientemente claro para retener. M√°s que una tertulia parec√≠a un seminario porque todos estaban incre√≠blemente versados en el tema y no divagaron en ning√ļn punto. Blanca en un momento me dijo que Chinasky se convertir√≠a en el Roberto Bola√Īo de la m√ļsica chilena y Wladimir en el nuevo Huidobro. Se detuvieron mucho en una obra temprana de Nietzsche, donde sostiene que el intelecto es algo min√ļsculo en la historia del mundo, y que la raz√≥n solo es una herramienta para la conservaci√≥n del individuo en la b√ļsqueda de la paz social. Hablaron del establecimiento de la ‚Äúverdad‚ÄĚ como convenci√≥n a trav√©s del lenguaje y que al ser humano solo le interesan las agradables consecuencias sustentadoras de la vida. Est√°bamos en el austero departamento de Blanca y en un momento Chinasky sac√≥ una botella de tequila mexicana, de origen tolteca. Fue gracias a ese tequila que me enter√© de la existencia de Hannah, la hija perdida de Blanca. Supe que el tema era sensible cuando Wladimir le pregunt√≥ y la cara de Blanca se desfigur√≥. All√≠ me di cuenta que no trabajaba tanto por gusto, sino para enviarle remesas a su hija en Espa√Īa. Yo me hice el desentendido y ella tambi√©n. No hice preguntas y Blanca tampoco se refiri√≥ mayormente al tema. El secreto asunto qued√≥ en el aire, pero no pude evitar reflexionar sobre las circunstancias en que la mujer que amaba tuvo que asumir dicha responsabilidad, que quiz√°s no asumi√≥ y lo que ve√≠a yo en ella era una inocente sublimaci√≥n derivada de la admiraci√≥n de una vida aut√©ntica que no llevaba. Ni el fil√≥sofo puede escapar a su propia configuraci√≥n emocional, pero tampoco a su destino, pensaba.

Las cosas con Blanca empezaron a decaer desde aquella noche. Dejamos de salir a las escaleras, playas, puertos y bares. Cada uno empez√≥ a hacer su vida independiente del otro y eso contribuy√≥ a disgregar progresivamente nuestro v√≠nculo. La relaci√≥n se convirti√≥ casi una amistad profunda y ambos intuimos que la cosa no dar√≠a para mucho; nuestras vidas eran muy diferentes. Es curioso, pero siempre es una suerte de porf√≠a moral, que no es m√°s que el salvamento del autoenga√Īo, lo que nos lleva a perpetuar relaciones que ya se encuentran extintas. Tampoco supe m√°s de Chinasky ni de Wladimir, quienes encarnaban la imagen de esos personajes enigm√°ticos, te√Īidos de misticismo, que uno ve solo una vez en la vida.

Empec√© a ver en Blanca la imagen de un ser que se preparaba para algo mayor, el preludio de la voluntad de perfeccionar su obra filos√≥fica, de la cual yo era solo un microsc√≥pico pelda√Īo de una escalera destinada a arrojarse. En nuestras √ļltimas conversaciones siempre not√© que jam√°s alcanzar√≠a su nivel intelectual y que lo √ļnico que pod√≠a ofrecerle era un confortable asiento emocional, pero tambi√©n supe que en verdad no lo necesitaba. Cuando asist√≠ a la defensa de su tesis doctoral, en un auditorio del campus Sausalito de la Universidad Cat√≥lica donde casi no hab√≠a gente, experiment√© la sensaci√≥n de estar en el ocaso de mis d√≠as con Blanca. No parec√≠a muy contenta cuando los profesores de la comisi√≥n la felicitaron por la calidad de su investigaci√≥n y la magistral defensa. M√°s contenta la vi cuando fuimos a la laguna Sausalito que estaba al lado, y nos instalamos en el pasto, frente a una pista de skate, donde amparados bajo el humo del tabaco y la brisa del √ļltimo d√≠a de verano, conversamos los √ļltimos pormenores de su tesis. Hicimos el amor por √ļltima vez en mi departamento y luego tomamos caminos separados.

Dos rieles en blanco y negro que toman caminos separados simbolizando el cuento de Ewald Meyer

Blanca al poco tiempo regres√≥ a Espa√Īa. Nunca hablamos de la separaci√≥n. Lo que siquiera puede ser dicho, puede ser dicho claramente, y de lo que no se puede hablar, hay que callar, recitaba, citando a Wittgenstein. El quiebre fue muy dif√≠cil para m√≠. De hecho, nunca volv√≠ a conocer una persona como Blanca, no por el hecho de que cada persona y/o relaci√≥n es irrepetible, sino porque las cualidades objetivas de Blanca y su filos√≥fica forma de ver el mundo, con sus virtudes y defectos, son irrepetibles. Gracias a ella dej√© el Derecho y me dediqu√© a la literatura, escrib√≠ varios cuentos y novelas, al principio muy comerciales, hasta dar con la m√©dula de profundidad propia de los escritores que no buscan ser mediocres, aunque siempre sent√≠ que ten√≠a solo un talento a medias. Pienso en Blanca a menudo, sobre todo al visitar el caf√© Miranda y notar la ausencia de su figura curvil√≠nea desplazarse agraciadamente por las mesas, y por cierto que dej√© el caf√© arom√°tico de vainilla y me cambi√© al amaretto. Asum√≠ que algunos amores son tan poderosos que traspasan las fronteras del tiempo, la memoria y el olvido. Espero nunca viajar a Espa√Īa y encontr√°rmela en alg√ļn caf√©, bar o acaso con su hija (de la que no quiso hablar) en alguna escalera, playa o muelle donde le√≠amos, re√≠amos y pas√°bamos las tardes. Me tard√© en superar emocionalmente el quiebre. Filos√≥ficamente, quiz√°s nunca lo supere, pues implic√≥ compenetrarme con una problem√°tica forma de ver las cosas que adquiere una profundidad peligrosa en nuestro interior. Lo cierto es que alejarme de Blanca hizo que la nube tropical de felicidad acabara por disiparse y la vida volvi√≥ a pesarme con toda su normalidad. Pero se ha podido vivir sin filosof√≠a antes y se podr√° seguir haci√©ndolo. La felicidad yace en cosas harto m√°s simples que en descifrar los misterios de la existencia. Al igual que el vodka, termin√© por adoptar la actitud de respirar profundamente, fruncir el ce√Īo, cerrar las narices y echarle para adelante.

Poco tard√© en dejar para siempre el vodka y de ir al caf√© Miranda. Supe de Blanca mucho tiempo despu√©s, cuando me contact√≥ (o yo lo hice, ya no recuerdo) una tarde particularmente fr√≠a de invierno. Se encontraba en Chile por unos d√≠as. La visit√© en su hotel, hablamos un poco y tal vez hicimos el amor bajo el calor de una estufa y cobijados por el manto de felicidad de otros tiempos. Quiz√°s me ofreci√≥ ir a Espa√Īa. No s√© muy bien qu√© le dije. Lo cierto es que las cosas no eran como antes y, naturalmente, √©ramos otros. Acaso Blanca, aceptando la llamada del destino, hab√≠a consumado su legado filos√≥fico, mientras que yo segu√≠a perdido en el mundo, como siempre. No se lo pregunt√©. Esta vez no quise saberlo.

Una sola imagen perdur√≥ de esa ma√Īana en que abandon√© el hotel sabiendo que no volver√≠a a ver a la mujer que tantos cambios suscit√≥ en m√≠. Frente al espejo Blanca desenredaba su pelo que conservaba a√ļn rojizo, donde el tatuaje de un nombre se asomaba en el reflejo de la mu√Īeca desnuda que tantas veces sujet√©. Un nombre escrito con tinta negra de recuerdos dolorosos y velados: Hannah. Asum√≠ que siempre hab√≠a estado all√≠ y que jam√°s pude percibirlo a pesar de recorrer su cuerpo de pies a cabeza. Supongo que hay cosas que nuestra percepci√≥n no alcanza sin antes reestructurar la forma que tenemos que verlas y solo pueden ser descubiertas de reojo.


Ewald Meyer Bustos, licenciado en ciencias jurídicas, profesor de Derecho Procesal en la Universidad de Valparaíso, aficionado a la literatura y la filosofía. Reside actualmente en la ciudad de Quilpué.


La imagen principal corresponde al fotomontaje ¬ęMano saliendo de una concha¬Ľ (1934) de la artista francesa Dora Maar. Fuente: El Pa√≠s


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