En cada vuelta del dinamo pasan
las estaciones los viñedos el sol
cinematograficadízimamente
un cuadro de Poussin un poema blanco
de Flay Luis de León
comprimidos como una pílula de polvos
en un over- all

Klaxon, Juan Marín

Fotografía del poeta Vicente Huidobro jovenEn 1929 Huidobro publicaba su reescritura personal del mítico poema anónimo Cantar del Mio Cid. Tenía 36 años y acompañaba a la edición una carta escrita al actor norteamericano Douglas Fairbanks y una nota que la comentaba. En ella, el poeta se situaba como descendiente de Alfonso X, quien a su vez provendría del linaje del Cid.
Al poeta no le atrajo la figura real, sino la castiza y aventurera presencia del campeador, su ideal guerrero y no la persona histórica.

Debo también advertir al lector que en los datos sobre el Cid, a veces he seguido al Cantar, al Romancero y a la Gesta, y otras veces he seguido a la historia (p. 17).

Es un pretexto nombrar a la Historia en un texto como este donde se escapa a borbotones la pluma poética de Huidobro. Una oleada de anacronismos, analogías increíbles y asociaciones con la época contemporánea. Un intento romántico de localizarse en el árbol genealógico haciendo lazos extraordinarios con el campeador: antifaz letrado. Máscara, excusa historicista para desenvolverse en una escritura que quiere ir más allá del límite de la narración, devenir inevitablemente en prosa poética.

No es casual el vínculo imaginario que el poeta chileno encuentra con el Cid. Al igual que el poema anónimo, la escritura de Huidobro siempre tuvo aspiraciones fundacionales. Si antes se permitió instaurar el creacionismo o la escritura de caligramas, ahora desde el título la novela se nos presenta como un nuevo género: la Hazaña: “una novela épica o una novela que se canta o la exaltación que produce en el poeta una vida superior, ello no tiene nada que ver con las vidas noveladas, género tan a la moda hoy en día” (p. 17), afirma el mismo Huidobro[1].

Y no deja de ser contradictorio escribir desde la más pura intertextualidad, desde la más ansiosa reescritura y consagrarse como un pionero. Aquel intento donde converge el homenaje, el respeto, el temor a la tradición y a su vez, la parodia, la broma, la intromisión de los anglicismos y galicismos, de los términos científicos, de la mecánica, de la más pura esencia futurista: “Rodrigo tiene cuarenta caballos de fuerza. 40 HP, y se llama Rodrigo Díaz de Vivar. ¡Cómo te admiro, muchacho alegre y saltador, rudo y montaraz, ingenuo y virginal! Eres un anticipo muy superior a todos los sportmen de hoy. Eres el inventor del muchacho yankee, del futbolista y del cowboy” (30).

Cyclist (1913), pintura futurista de Natalia Goncharova

Sin embargo, toda escritura huidobriana enlaza inevitablemente al creacionismo. Tiene algo de mito y de fundación. Una paradoja recurrente, fundar algo que implique la renovación de un otro:

En este símbolo de la fuente de gran fecundidad en la historia del arte y de la poesía, se ha querido mostrar el flujo constante y creador de la naturaleza que siempre se renueva a sí mismo. Por esto dice Huidobro: «El poeta no debe imitar a la naturaleza en sus aspectos, sino en su fuerza creadora. Debe hacer que su espíritu sea como el de la naturaleza: fuente de vida. Para el poeta se trata siempre de captar una realidad y crear una realidad nueva» (Goic, 1955, p. 47)

Son abundantes las menciones metanarrativas a lo largo del relato: “(…) en los ojos de Jimena aparece una lágrima, tiembla un instante, cae sobre mi novela y no puedo impedir que ruede a través de toda esta página” (p. 44). Atraviesan la materialidad del libro, tiempos y espacios. Referencias a Einstein, a la cuarta dimensión, las luces y neblinas (p. 84). Es curioso que se aluda constantemente a la creación cuando se supone que se está reescribiendo un poema fundacional.

El poeta escribe como quien escribe la Historia, como quien está contando los inicios de la vida humana. Cuando nace el campeador “los pájaros pasan sin ruido, sin ruido descienden los ganados. Castilla se unta de silencio, adivinando” (p. 26). Jimena, por otra parte, como todos los personajes, no es solo su esposa, sino también es la Historia, es la época, es la literatura: “Así la veo yo al fondo del Romancero, mientras en el primer plano, Rodrigo, a caballo en el vértigo corre en zigzag (…) Jimena es la dama de la Edad Media, la heroína del ciclo de los caballeros” (p. 62), “Jimena entorna sus ojos de Edad Media” (p. 217).

El mismo poeta se ve como parte de esta universalidad cuando señala que Rodrigo “Piensa en el Cantar, piensa en el Romancero, piensa en la Gesta, en Guillén de Castro, en Corneille y en mí: reúne todas sus fuerzas, toma vuelo y lanza el salto” (pp. 32-33). Inclusive, este carácter trascendental del mito, tiene dejos cómicos como sucede en el episodio donde el Cid inventa el toreo: “Señores aficionados: ríanse ustedes de Pepe- Hillo, de Lagartijo, del Guerra, del Gallo, el Gallito y Belmonte. No hay más Gallistas, ni Belmontistas. Sólo hay Rodriguistas” (p. 45), asociación que si bien es paródica, no es burlesca. Se sigue manteniendo el tono solemne pero artificiosamente se le vincula a la época contemporánea de Huidobro.

Dualidades y contradicciones en el Cid de Huidobro

Ilustración en blanco y negro de caballero, espada y caballoPor otro lado, es cierto que el franquismo hizo una lectura conveniente del Poema del Mio Cid, afirmándose sobre todo el nacionalismo que dejaba entrever en el amor por la corona a lo largo del poema épico. En la Hazaña huidobriana se ve una clara influencia del futurismo, movimiento literario clave para la ideología fascista del siglo XX. Son recurrentes las referencias a la máquina, a la fuerza, a la guerra, a lo eléctrico, a ese dinamismo irracional que tiene la poesía de vanguardia. Inclusive en momentos tan sensibles como es el primer beso a Jimena: “Silencioso, melancólico, meditativo. Los efectos del beso en aquella alma dura y casta. El campeón esta knock- out” (p. 39).

A pesar de esta oscura relación entre los absolutismos y el Cid, parte de la crítica ha visto una hispanidad multicultural[2] en la Hazaña de Huidobro. Él mismo se caracteriza como “castellano, gallego, andaluz y bretón. Celta y español, español y celta. Soy celtíbero aborigen, impermeable y de cabeza dura que tal vez ablanda un poco de judío” (p. 16).

No es casual además, que el mismo nombre del Cid haya sido puesto por los moros vencidos a su nuevo señor, llamándole: “Viva el Sidi Rodrigo!” (p. 104), en castellano: señor. Una apreciación pertinente si entendemos al poema anónimo como un texto medieval que viene de un contexto donde las guerras intestinas entre moros, cristianos y judíos convivían con una inevitable contaminación cultural entre estas culturas-religiones.

Intertextualidad real más allá del texto, escapándose del escaso y limitado papel poético a la realidad heterogénea de la España medieval, oscurecida hasta el día de hoy. Se nos ha olvidado a ratos aspectos como el carnaval, la parodia, la inversión de la jerarquía social. También la labor de la Escuela de Traductores de Toledo  que marcaba esta etapa como una red porosa llena de excepciones a la regla. La glosa más subversiva fue este encuentro de culturas por más de ocho siglos.

Si el poema original se enmarca en este contexto contradictorio, es interesante que Huidobro reescriba desde un siglo que se ha caracterizado por su efervescencia social y literaria. Pulido (2010) señala que el poeta se refiere al Cid como un fundador de una raza a la que «adscribe» en su condición de «mestizo internacionalista, vanguardista y heterodoxo» (p. 197). La reescritura pasa de novela histórica a histriónica, una novela del movimiento y la exageración, pero sobre todo de la convergencia contradictoria.

La contracción se profundiza aún más cuando respecto a su condición «veraz» el autor señala que es descendiente del Cid y que ha intervenido en el relato «con el derecho que me da la voz de la sangre” (p. 18). ¿Qué puede ser más verdadero que la historia contada por el descendiente del Cid? Y sin embargo, el  hablante lírico se da el lujo constante de desbordar la materialidad de la obra, de insertar anacronismos, de cambiar lo que la propia tradición textual ha dicho del Cid.

Un ejemplo de esto es que Rodrigo mata por defender el honor de su padre, al padrino de Jimena y no al padre como ocurre en el original. Quizás porque desde una mirada contemporánea sería mucho más grave e imperdonable asesinar a un pariente de sangre de la amada. Sin embargo, los códigos de honor de la Edad Media permitían este tipo de actos de justicia.  La escritura es una excusa para que el propio narrador se yerga como un héroe fundacional y extremo, como poeta impertinente. Porque en eso radica el tono de Huidobro, en su intensidad, en sus analogías impredecibles, en su afán por querer fundarlo todo.

Interior del libro Mio Cid Campeador Hazaña de Vicente HuidobroRaymond L. Williams (1979) ha visto en el Cid de Huidobro tres dualidades que me ayudan a  reafirmar mi posición inicial de que es una novela estructurada en base a la paradoja y a la contradicción: Rodrigo como mito literario y como persona real, la dualidad entre acción y palabra (o más bien entre el Cid, hombre de acción y Huidobro, hombre de palabras) y la dualidad entre el narrador omnisciente y su afán permanente de intervenir en el relato.

Este último aspecto es el que más me interesa, pues nos encontramos frente al mecanismo de la omnisciencia como artificio retórico o como elemento transgresor que abandona su rol primero y pasa a ser parte del mundo ficticio. Esta dualidad tiene a su vez un doble juego entre narrador y poeta. A través de la metalepsis[3], el poeta se entromete en el discurso narrativo como un espía que observa sólo por la ventana y a ratos deja entrever su verdadera mirada licenciosa. De hecho, él mismo se reafirma como poeta y no como narrador en el diálogo que tiene con la sombra del mismísimo Cid:

LA SOMBRA DEL CID: (…) En mi vida entendí de versos, pero ahora que estoy muerto y que paso como entre dos sueños, veo más claro que tú, porque sólo entre sueños se ve claro.

EL POETA: Así será, pero lo que has dicho me parece bien pobre  (p. 61)

Poesía y mentira

Más allá del disfraz de biografía en el que se encaja a la novela, aparece la realidad: un poema en prosa. En el morbo de querer ser otro, su apellido se cae y toma espacios fugaces en el Cid de Huidobro, en la propia hazaña que significa reescribir un poema épico. La única manera de hacerlo sin caer en el homenaje vacío o en la burla ineficiente, es mintiendo, dulcificando.

No se puede ser más mentiroso que un poeta. Ya lo decía la sombra del Cid cuando apelaba a la claridad que adquieren los muertos, diferente a la opacidad en la que viven los poetas. Aquel escribiente que se transforma a sí mismo y transforma al lenguaje, que desautomatiza la palabra cotidiana, la desarma y la vuelve a armar para generar otro conjunto de fragmentos, cambiando relaciones, volviendo a coser los mismos puntos corridos.

Ya nada queda igual después de la mano poética. Nada vuelve a armarse como en el original. El poeta es el perfecto plagiador del lenguaje per sé, violento y efímero como un poema futurista. Respecto a la fuerte xenofobia y oscura representación del moro y judío a lo largo del Cid, se ha dicho que “Huidobro representa la lucha entre distintas naciones por la hegemonía imperial, pero todas ellas comparten una misma concepción etnocéntrica en relación con el Otro, el radicalmente diferente y que se pretende dominar y someter” (Pulido, 2010, p. 203).

A pesar de eso, el que escribe proviene en ese momento histórico de un país marginal como Chile. Y sin embargo, antes de ser escritor, antes de su nacionalidad o de su supuesto parentesco con el Cid, Huidobro es poeta. La poesía implica un menosprecio del otro, una imposición como héroe. Todo poeta quiere ser escuchado por sobre todas las cosas, porque entonces ¿por qué escribe?

A diferencia de un diario o de un testimonio, el poeta necesita que su poesía sea escuchada para validarse como tal. De ahí que el género lírico se emparente desde sus orígenes con la música. No se puede escapar del sonido, no se pueden apartar los oídos como sí se pueden apartar los ojos. La condición performática de la poesía implica que el texto se expanda más allá del papel, que agobie e invada la realidad. La poesía coloniza el lenguaje y sus referentes de forma fugaz. El poema en verdad, es una batalla siempre ganada pero efímera. Dentro de su violencia no deja de ser un juego, una batalla contra el lenguaje cotidiano, contra la percepción monótona de las cosas.

-Todo admite juegos (…) ¿Qué es un torneo? Es un juego. ¿Qué es una batalla? Es un juego en el cual se trata de ser vencedor y no vencido (p. 40)

El lenguaje poético pisotea el verbo común y silvestre en el instante en que es leído. Y luego todos nos olvidamos que fuimos poetas o que leímos poesía. El poeta es un fantasma imperialista que ataca tácitamente por los ojos, si advertencias, sin ultimátum. Una proyección que siempre es ideológica aunque de distintas vertientes, pero que termina imponiéndose.

Huidobro, hombre de palabras y no de acción a diferencia de Rodrigo Díaz de Vivar, es el que desde el escritorio anhela una guerra de papel. Qué es la poesía sino una necesidad, un deseo de contacto real, un cuerpo a cuerpo que jamás llega a consumarse.

Varias veces en el relato se vincula la figura del Cid con el rayo y con la electricidad, incluso en la disposición de su adjetivo:

Caligrama de Huidobro que dice: Campeador en forma de rayo(p. 29)

La luz, una novedad a principios de siglo, por cierto. Lo que hoy podría parecernos una metáfora barata, en ese minuto era monstruosa y llamativa. El rayo, elemento naturalmente eléctrico es precisamente el contacto letal del ser humano con la poesía. Una muerte temporal y productiva, como la misma paradoja en la que se inscribe la escritura del relato.

El Cid, siempre comparado con aquel rayo, prevaleciendo en él la dureza castellana de tierra seca y dura, la rudeza de un hombre que se declara no docto y que le agobian las apariencias materiales del Papado (como ocurre en el capítulo Fantasía Papal)[4], ataca como atacan los versos del poeta, el de las mil mentiras. El que desciende de Alfonso X, el único poseedor del teléfono de Hitler, el poeta fundacional en un siglo XX donde ya nada se podía ni se puede fundar. Ese rayo transitorio como un Cid en la inverosímil Historia española, ataca de una vez.

Ese minúsculo instante de sumisión que vive el lector o el oyente en el minuto en que las imágenes se agolpan en sus tímpanos, en su retina, en ese fragmento de un tiempo incierto yace el sentido real de la Hazaña de Huidobro. No en el rastreo majadero que podríamos hacer de las semejanzas y diferencias entre el poema anónimo y su reescritura. No en la búsqueda inútil de la real intención que tuvo el autor al escribir la obra. No en la suposición morbosa de los que han querido ver en la obra un Huidobro simpatizante del proyecto fascista. El Cid de Huidobro, no es una biografía ni la novela de un novelista. Como él mismo ya lo afirmó, es la novela del poeta, prosa poética. El poema épico reescrito en manos de uno de los mejores mentirosos que ha tenido Chile para quien el cielo tiembla y el agua espejea. Para quien florecen las rosas en la inmaterialidad del poema, para quien bajo su tumba, el mar se asoma impactante. Violento. Cruzado.


Por Graciela Olave

Referencias

[1] Ya lo afirmaba Goic (1955) quien vio en la Hazaña un género experimental donde se fusionaban la Historia, la poesía, la modernidad y la técnica.

[2] Ver Queipo, 2002.

[3] La metalepsis, en palabras de Genette, es “transformar a los poetas en héroes de las hazañas que celebran [o en] representarlas como si ellos mismos causaran los efectos que pintan o cantan” (cit. en Pulido, 2010, p. 191)

[4] “Él prefería la corte de Castilla, de hombres sinceros, rudos, bárbaros caballerosos, capaces de exponer el pellejo en todo momento y por cualquier cosa, sin esconder el alma detrás de frases dulzonas y fementidas. (…) Cierto es que en España la cosa no anda muy bien tampoco. (…) Allá puede sentirse indignación, aquí se sienten náuseas.” (115- 116)

Bibliografía

Goic, Cedomil «La poesía de Vicente Huidobro», en Anales de la Universidad de Chile, 1955.

Huidobro, Vicente. Mio Cid Campeador Hazaña. Santiago: Editorial Andrés Bello, 1985.

Pulido, Manuel. «El Cid eléctrico: Mio Cid Campeador: Hazaña [1930], de Vicente Huidobro», en Dicenda: Cuadernos de filología hispánica, n° 28, 2010, pp. 185- 219.

Queipo, Paula. «El Cid de Huidobro: la actualización de un clásico», en Kipus: revista andina de letras, Universidad Andina Simón Bolívar, Quito, nº 12, 2002, pp. 111- 119.

Williams, Raymond. «Lectura del «Mio Cid Campeador»», en Revista Iberoamericana. Vicente Huidobro y la vanguardia, nº 106- 107, 1979, pp. 309- 314.

*Texto escrito en diciembre 2017 y editado (reescrito) en noviembre del 2019

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