Plaza 9 de abril de Taormina

Plaza 9 de abril de Taormina

Queríamos viajar a Italia y a bajo costo. Un clásico del mundo millenial tan bueno para el postureo, la ansiedad de querer conocerlo todo al instante y por unos pocos duros. Tras armar nuestro escaso presupuesto, nos dimos cuenta que el continente y sobre todo el norte, se quedaba muy lejos de nuestro bolsillo. Sicilia entonces se abrió como una ventanita que no habíamos si quiera considerado. Y empezaríamos desde la siempre bienquerida Taormina para luego seguir merodeando el norte.

La verdad es que la isla parecía ser muy barata y cumplía con la triada perfecta: naturaleza, gastronomía y arte. No nos llamaba mucho la atención la idea de ratonear por Roma mirando como perro afuera de la carnicería la Capilla Sixtina y el Vaticano u observando desde lejos la fantasía de las góndolas venecianas…

Nuestras expectativas eran como un tomate siciliano: rojo intenso, de aroma campestre y floral, suave pero jugoso a la vez. Y sin embargo, nada más que eso, un triste y bello tomatito, efímero y destinado a la muerte en la que caen tantos viajes. Lugares que malamente se pierden en nuestra memoria, siempre al borde de ser viajeros  tibios y superfluos.

Ya en Italia…

Después de que nos cancelaran el vuelo y de tener que salir con un día de antelación para no perder el orden de nuestro itinerario, llegamos al aeropuerto de Roma a hacer una conexión a-se-si-na de diez horas. Allí hablamos de lo humano y lo divino, llamamos por teléfono a esas amigas con las que no hablábamos hace meses, tomamos varios cafés hasta que nos cerraron las cafeterías e intentamos dormir en todas partes, como los gatos: en las baldosas, en los asientos, sobre la maleta, de pie, sentadas… Sufríamos, pero nos matábamos de la risa. Al final de la noche-día, a las diez de la mañana, teníamos unas ojeras que nos llegaban al inframundo, un no muy ligero dolor de espalda y la felicidad a tope. Como si nos hubiéramos hinchado a chupitos, el insomnio nos daba luces a todo bombo en la cabeza.

Llegamos a Catania cual elenco de The Walking Dead. Zombies pero divinas. Fue percibir el italiano de Sicilia, musical y pegajoso, para resucitar. Lográbamos entenderlo poco a poco, porque tenía un rumor risueño por detrás: el de las lenguas que conoces cuando vives la amistad viajando.

Vistas al mar desde Taormina

Letojanni: una opción económica y cercana a Taormina

Desde aquella ciudad grande y rodeada por el mar, tomamos un tren a Letojanni, pequeña localidad aledaña a Taormina. La opción de Letojanni asomó cuando buscábamos formas de hospedarnos en Taormina  a bajo costo.

El bus de Taormina a Letojanni demora 15 minutos y nos ahorramos bastante dinero estando ahí esos dos días. Alquilamos un apartamento por treinta euros la noche –para dos personas– con terraza, plancha, lavadora, secador de pelo y todas esas cosas que a partir de los veinte y pico nos empiezan a importar.

La terraza era una delicia. Esa tarde en que llegamos nos dedicamos a bajar allí una botella de vino, comer unos raviolis que compramos en el supermercado (sí señoros y señoras, porque hasta los del supermercado estaban para chuparse los dedos) y unos canónigos con los tomates más exquisitos que probamos en nuestras vidas. Tomates que al partirlos parecían sangrar, rojos como el propio corazón de Lorca y con un perfume de huerto de esos que ya no existen. El vino se nos subió a la cabeza y matamos la tarde durmiendo la siesta que nos merecíamos.

El mar de Letojanni nos invitaba a recorrerlo, a caminar sus orillas. Los vecinos hablaban entre ellos como familiares de toda la vida. Es lo que tienen los pueblos pequeños.

Escaleras coloridas en la ciudadY aunque en ese primer día poco entendíamos, captábamos la burla sin malicia, el jugueteo de los niños por las calles peatonales, el enfado  breve de una madre y la curiosidad –copuchenta, diríamos en Chile– de las viejas italianas tras las ventanas.

La segunda jornada en Letojanni fue caminar muchísimo el pueblo y Taormina. La ruta que se hace en bus es exquisita, pero no recomendable para personas de vívida resaca o estómagos debiluchos. Las curvas van rodeando la fecunda vegetación de la isla y su mar azul, tan azul que llega a marear.

En Taormina los adoquines y las escaleritas tiñen la ciudad de un aspecto veraniego, como si mayo fuera pleno agosto. Mosaicos por todas partes, flores que decoran cada bar y restaurante con los colores y aromas típicos de la isla. Muchísimas iglesias también, un clásico en la mayoría de ciudades europeas, sobre todo en Italia. Y el mazapán. Oh, adorado mazapán, esculturillas dulcísimas que concentran el poder de la almendra y el pistacho de la tierra siciliana. Los hay de todas las formas: zapatos, bolsitos, limones, melocotones, fresas, rostros, lo que se quiera se puede dibujar en un mazapán. Y debería ser patrimonio nacional, porque en cada esquina los venden, los promocionan y qué buenos que están.

Porta Messina: antigua entrada a Taormina

Porta Messina: antigua entrada medieval a Taormina

Caminando por las callejuelas estrechas nos encontramos de golpe con la plaza 9 de abril, una explanada encabezada por una iglesia de piedra antiquísima y que cuenta con un mirador hacia el mar digno selfies, reportajes y cuadros. Se aprecia desde ya la vegetación abundante de la isla y los colores azulinos del buen tiempo que nos hizo. La cantidad de turistas es moderada, nada para volverse locos, pero tampoco es que las calles estén vacías. Lo suficiente para sentirnos a gusto, ni tan solas ni tan acompañadas.

Taormina es fácil de caminar, eso sí,  con zapatos cómodos por los adoquines desnivelados que si bien dan el tono medieval y vacacional a la ciudad, pueden ser causantes de inolvidables tropezones, esguinces y fracturas. Ojo también con las lagartijas, animalitos enamorados del sol siciliano que salen a relucir cuando te sientas en alguna banca de cemento o en el mismo suelo, acostumbrados a los turistas, no le temen a culo alguno y te pueden subir por la espalda o por los brazos.

Así y tanto llegamos al anfiteatro griego situado entre el mar jónico y el volcán Etna. La entrada cuesta unos 10 euros y aunque no es demasiado ostentoso, sí que la gente lo reconoce por la foto «obligada» entre estas dos maravillas naturales.

Muy cerca del anfiteatro nos recibe el parque Villa Comunale, de acceso libre y jardín privilegiado. Es un parque relativamente pequeño, con gran cantidad de rosas y postales magníficas, pues se encuentra a una altura aceptable para que el mar aparezca de fondo. Unos turistas españoles pasean por las banquitas altas a un niño de unos cuatro años. Nos piden echarles unas fotos, con una calma de turista que no todos logran cuando viajan. Taormina entrega eso y mucho más. Paisajes para caminarlos, estupenda gastronomía y calles con mucha arte.

Trinacria, emblema de Sicilia

Trinacria, emblema de Sicilia

Pero sobre todo, está el mar, imponente para todos los isleños, como buenos nacidos y criados allí. Los aficionados a mirarnos en el oleaje gris o azul o verdoso, depende del continente del cual vengamos, sabemos lo que es vivir en la costa. Es pertenecer, y aunque nos llame el centro de los países, las orillas son siempre un fuerte imán.

Isola Bella: diminuta estela de rocas

Fotografía lejana de la Isola Bella desde Taormina

La Isola Bella es como una estrellita extra que Taormina, ciudad ya de playas hermosas, ostenta cercana y pequeña. Desde la estación de autobuses cogemos el que nos lleva cerca de la isla, nos dicen que es pequeña, que puede visitarse en poco tiempo. Pero aunque realmente es enana, atrapa. Y el sol de mayo en Taormina es potente, con la temperatura perfecta de primavera, al menos para mí que no me hace mucha gracia el calor. Y dan ganas de matar la tarde allí, a mate y conversaciones vagas…

El autobús nos deja en el borde de una escalera empinada y estrecha que debemos bajar con mucho cuidado (NO VAYAN CON TACONES POR DIOS). La playa es angosta también y cuando empieza el mar hay un subidón que nos deja una especie de puente de arena para poder cruzar a pie a la isla. Sí, porque tan diminuta es la Isola Bella que solo se cruza caminando, cual jesusas sobre el agua.

Vistas desde la Isola Bella hacia los cerros de Taormina

Vistas desde la Isola Bella hacia los cerros de Taormina

Rodeada de rocas y arenilla de piedras, nos tiramos a ver la vida pasar un ratito. Ya asoman algunas medusas medias transparentes subiéndose el vestido y haciendo musarañas a los humanos. Me meto al agua igualmente, que anticipo fría por la época. Aun así, la sal cura la rutina de mitad de año y da aires de veranito.

Resulta que nos enteramos de que la Isola Bella no solo es playita y medusas, también es un fuerte. Y a pesar de que nos atardecerá en breve, subimos y nos maravillamos de esa vegetación que como un espiral sube por la isla, conífera y atiborrada de adornos naturales. Grutas, piedras, plantas extrañas. Al final nos espera un mirador que vale la pena visitar.

Cuando ya vemos que es hora de marcharse, oh, sorpresa. Ha subido la marea. Reímos más por burla que por nervios junto a otros a los que se les ha ido la olla. Agarramos zapatos, cámaras, restos de fruta y bolsos y atravesamos el mar que sube cada vez más. Ya no tenemos el puentecito de arena que nos permitía cruzar, ahora la mar nos moja hasta las bragas y un poquito más. Esperamos el autobús de vuelta a Letojanni en nuestro último día en Taormina, porque mañana sale temprano nuestro tren a Palermo, capital de Sicilia…


Por Graciela Olave Ramos
¡Comparte este contenido y apoya a la cultura!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *