El rastro de las olivas – Graciela Olave (relato)

Había sido la primera y la última vez que lo intentaba. Su fisionomía lo decidió esa tarde en que la playa lo devolvió como quien vomita lo más podrido del plato. El cuerpo pesado, criado en la sierra y que no aprendió a nadar de niño, se amorataba poco a poco. A Camila los labios violáceos le recordaron los caramelos de violeta que llevó a sus sobrinas a modo de suvenir la primera vez que visitó España.

Conoció a Carlos la noche anterior a tomar el vuelo Madrid-Santiago. Solo había estado una semana en el país, la mayor parte en Marbella cubriendo un evento deportivo insufrible. Detestaba a la agencia por completo, pero alejarla de su madre agonizante por ir a decir cuatro palabras frente a la cámara le parecía aún más absurdo. Sabía que la enviaban porque era la única mujer que no estaba de vacaciones en esas fechas y los directores de prensa creían necesario que una figura femenina cubriera los eventos de tenis. Los demás deportes podían tranquilamente no contar con ellas: fútbol, boxeo, incluso natación. No. Ella era «imprescindible para este evento» había dicho el director. Se había soltado el último botón de la camisa mientras escupía el adjetivo dejando ver sus canas revueltas en el pecho. «Arbitrario y viejo verde», pensó ella. «Buenas piernas», pensó él, imaginándola en pantalón corto con raqueta en mano y la cara rojísima por el sol de Las Condes.

Sin duda era conveniente asistir a la cena y a la fiesta que ofrecían después del cierre en Madrid. Camila apenas se pintó los labios y se arregló mínimamente las cejas. Zapatos bajos, jeans y la blusa de seda negra que usaba de comodín para los compromisos que no eran más que eso: compromisos, obligaciones. Sus ojos negros, los pómulos marcados y el pelo con algo de frizz delataban su estatura latinoamericana. Le parecía tan distinto aquel acento, aquel seseo con el que no lograba cuajar. Y se sentía bajita frente a tanta modelo de tacón alto y pelo despampanante. La verdad es que esa noche acompañaba al equipo solo por no pasar de largo. El vuelo de retorno era a las nueve, tenía que estar a las seis de la mañana en Barajas y sabía que igualmente no dormiría pensando en que podía perder los billetes de vuelta. Cada tanto salía a enviar un WhatsApp insistente a su hermano que acompañaba a la madre en sus últimos días apestados por un cáncer de estómago. Intuía que eran los últimos, que no habría más quimios ni una próxima navidad juntas. Sentía el deber y la ansiedad de volver pronto a casa, protegerse tras la montaña amanecida, entre las calles rotas de Peñalolén y el jadeo cansado de la enferma en la cama.

En el bar probó el vermut. A Chile solo llegaba algo de sangría barata, pero ese vino empalagoso le llamaba la atención por el último sabor que dejaba la aceituna. España ante sus ojos viajeros había sido eso. Un rincón que parecía dulce para otros, denso para ella. La primavera se acercaba y los bares estaban más llenos que nunca. Españoles y turistas ya sacaban las toallas a la playa. Se reunían ahí los chicos a beber toda la noche y se les escuchaba reír y hablar en diversos idiomas.

Ella solo había podido sentir la sal del mar los primeros días que pasaron en Marbella. Se metió al agua un par de veces y le pareció tremendamente cálida. Con ese sabor en los costados de la lengua, los muslos resecos y el pelo maltratado, se fue al cierre en Madrid. Saboreaba aún el lado B de España: la costanera húmeda, el océano pocas veces traicionero, la comida grasosa y abundante. Los griteríos de las señoras bebiendo vinos blancos y fríos como el Pacífico, camareros de rasgos latinos, pakistaníes ofreciendo mojitos de agua, menta y arena. Los ojos terrosos, la piel rasguñada por la brisa agresiva del mediterráneo. Ese rostro que sus compañeros parecían no querer ver, ese rostro era el que realmente a ella no se le olvidaría.

El vermut de aquella noche congregaba perfectamente a la dulzura aparente con la violencia de la sal. La aceituna reventando contra una torreja de naranja le escocía la comisura de los labios. Pidió una servilleta al barista y se quedó un buen rato ahí por no volver a la conversación sobre tenistas uruguayas de las que no tenía ni idea. Ya iba por el tercer vaso y le parecía más interesante la experticia con la que el chico secaba platos y copas para volverlos a poner en su sitio. Simétrico, ordenado, en silencio. Ni siquiera tarareaba el clásico de Alejando Sanz que sonaba de fondo y que intuía detestaba tanto como ella. «Oye, te quedan limpiecitos los cristales. ¿Me podí dar el truco?» le dijo Camila sin esconder la declinación rarísima que tienen los chilenos a la hora de verbalizar. «Chilena, ¿eh?», sonrió él alzando el piercing que llevaba en la ceja derecha. «Estuve trabajando un tiempo en Reñaca, con los pijos de Chile, sirviéndole a la pituquería como dicen allá. Era un restaurante español. Imagínate, vender comida española cuando lo más rico de tu país es la gastronomía del litoral. Un follón. Quebraron al año y me vine con ellos de vuelta».

Sexto vermut y a Camila se le estaban multiplicando los piercings del español que cada vez dejaba los vasos más cristalinos. Cerraron el bar a eso de las cuatro y le ofreció dormir en su hotel con una desvergüenza feliz que recordaba a sus veinte.

Cuando estaba a punto de confirmar el viaje en Cabify él se ofreció para llevarla en moto y mostrarle Gran Vía. «No puedes decir que conociste Madrid sin atravesar su médula ósea», señaló.

Gran Vía en la madrugada de un sábado era un extraño ecosistema. De nuevo el sabor mediterráneo de las aceitunas: rasgos distintos, todos los tonos posibles del moreno en la piel, ojos saltones, rasgados, grises o claros, múltiples lenguas revolviéndose con otras lenguas en la esquina, abajo del Metrópolis o llegando a Sol, tocándose, odiándose, borrachos iluminados, sobrios desorientados. La gente habitaba el color nocturno de la capital. Y a ella esa tonalidad saturada y festiva la hechizaba. Era un barullo distinto al del bar pijo en el que había cenado junto a los del evento. Menos televisivo, más insurgente. Se arrepintió de no quedarse unos días más. Pero cuando bajó de la moto con Carlos recordó los ojos lánguidos de mamá, más azulinos que nunca. El vértigo y nuevamente el deber la hicieron vomitar bajo una farola. Él le afirmaba el cabello y se reía por lo bajito. La ayudó a subir y la dejó acostada, le puso una alarma en el móvil y le quitó los zapatos. Anotó su número y su nombre completo: «para que me busques en Facebook, te quiero ver otra vez», escribió con la caligrafía temblorosa de quien ha estado todo el día secando vasos.

Cinco años más tarde Carlos estaba más macizo y fumaba sin parar. Ella se había mudado a los seis meses de conocerlo, unas semanas después de la muerte de su madre. Renunció, terminó de hacer los trámites de la herencia y sacó los papeles necesarios para instalarse con un total desconocido. El primer año fue como inyectarse heroína pura. Subidón del día a la noche. Empezó trabajando en negro cuidando niños y tras el matrimonio consiguió un puesto miserable en un periódico de finanzas. Aun así, estaba trabajando de periodista y se sentía regalada con los tristes euros que le quedaban a fin de mes en el bolsillo. Pensaba que era muchísimo dinero, pues todavía calculaba en pesos y era verdad que vivía en el piso de Carlos. Solo cubría alguna factura de gastos básicos y compraba despensa dos veces al mes.

Adoptaron a un cachorro que murió intoxicado a los tres años por el humo con el que Carlos se encerraba en el baño a lloriquear cuando le venían las crisis de pánico. Encendía cigarrillo tras cigarrillo y si el dinero alcanzaba, porro tras porro, con el chucho ahí dentro. Sentado en el wáter lo vio morir lentamente: los ojos salientes por el humo, alcanzó a toser lo mínimo y se durmió. Ese día Camila trabajaba. Al llegar a casa tomó sus cosas y se fue a lo de una amiga que había hecho en el barrio. Volvió al día siguiente para darle santa sepultura al perro en el jardín del edificio. Aprovechó de tranquilizar a Carlos que estaba como una cabra. Le molió los ansiolíticos y se los metió en un batido de fresa que era lo único que tomaba en ese estado. Después despertaba, pedía pizzas a domicilio, terminaba otra cajetilla, esta vez fumando en la terraza, y le hacía el amor a lo bestia a Camila. Al terminar la abrazaba tanto y tan fuerte que no la dejaba llorar en paz.

La escapada de fin de semana del aniversario le había devuelto a Carlos más aguado que nunca. Parecía que le pesaba el pelo, la barba. La fuerza del mar le había quitado incluso uno de los piercings, el de la ceja derecha. El mismo con el que le dijo aquella vez «¿Chilena?», alzando seductor los ojos espesos. Y en esa espesura se ahogaba Carlos, cada vez más, empeorando con cada cumpleaños, con cada medicamento que el psiquiatra de cabecera añadía a su lista, con cada crisis a puerta cerrada. Y ella, hora tras hora golpeando, aserruchando la cerradura, escondiéndose luego en los auriculares, en las casas amigas, en el balcón para no verle. Porque Camila en realidad se había tomado una pausa el último tiempo y su fuego no se apagaba, a pesar del océano que les entraba por las paredes. Entre el sudor que Carlos desprendía, el agua corriendo de la bañera, semen, llanto y sangre apilándose en las esquinas, Camila aún no amainaba. Se miraba y pensaba que crecía rápido como una planta de rábanos. Le crecía el culo, las tetas, las pestañas. Tenía el esternón más ancho, sus clavículas le parecían duras como un diamante, cortante en su propia solidez. Y así se mantuvo, como una fogata de San Juan a orillas del mar. Sin pertenecerle ya al océano, esperando simplemente que le devolviera a su muerto para enterrarlo y calmar la lumbre.

Le recibió entonces y por rutina llamó a una ambulancia. No sabía hacer respiración boca a boca así que vino el salvavidas, inútilmente. Carlos había chocado contra un objeto punzante, una piedra o una tabla de surf tal vez. Camila se puso una coleta en el pelo para despejarse. Permitió que terminaran de drenar los fluidos del cuerpo a los pies de las olas que reventaban ignorándolo todo, sin ningún respeto. Las fronteras entre el cadáver y el mar se habían difuminado. Cerró el quitasol, guardó el protector solar, las gafas y las cervezas vacías. Mientras firmaba algunos papeles con los de la ambulancia sintió la sal de nuevo entumecerle las paredes de la boca. Allí estaba. Hacía tiempo que no volvía la sensación de estar en Europa viendo a la real Europa. Los turistas de la playa montaban el show de lagrimear un poco, familias tapándole los ojos a sus niños y el salvavidas petrificado por su inoperancia. Carlos se apozaba hacia el fondo como la aceituna del último vermut que bebemos en tardes alargadas a noche. Seca, a medio morder, vaciada por completo. Ni una sola lágrima, tan solo el hielo derritiéndose y una naranja mal rebanada. Así marchó Camila. A su espalda el quitasol, dando sombra a la resaca.


La imagen principal corresponde a la obra «Desnudo de pie junto al mar» (1929) de Picasso. Fuente: The Metropolitan Museum of Art


Por Graciela Olave Ramos


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