Este reportaje fue escrito en mayo del 2019. Para aclaraciones sobre la actual situación de los bares mencionados ir al final de la entrada.

La ciudad condal actualmente mantiene una oferta reducida, pero entusiasta, de locales que incorporan al negocio de la restauración la presencia de actos literarios como recitales o improvisaciones poéticas.

Revolotea en el imaginario colectivo la idea de que la literatura ha pasado el tiempo madurando entre copas. Ni Barcelona ni España son la excepción. Y es que la cultura de bares ha sido central en nuestra sociedad. Las estadísticas del 2017 demostraban que el servicio hostelero contribuía en un 7,2% al PIB nacional, porcentaje dentro del cual un 5,5% correspondía a restauración, ámbito en el que los bares son el grupo más numeroso[1]. Sin embargo, la proliferación de este tipo de servicios no impide que el bar busque un segundo negocio, o que este segundo negocio busque al bar para sobrevivir. Así, la literatura encontró allí un espacio distinto al de librerías y universidades. Una forma de mantenerla viva, coinciden sus precursores.

Lugar histórico fue L’Atrolabi de Gracia. En conversación con uno de sus fundadores, el escritor Jordi Cantavella, me entero de que al principio no tenían como objetivo transformarse en un bar literario. Querían incluir aspectos culturales en general, como música de cantautores y pequeñas piezas teatrales. Jordi afirma:

Un día apareció un poeta que me pidió recitar. Empezó a traer gente y eso me gustó. Muchos cuentistas, poetas, lo que hacen es que cuando ven que un bar es receptivo, lo comentan entre ellos. Así empezó a venir gente. Un día el poeta trajo al Sobrino del Diablo, un cantautor

Y fue tal el éxito de la combinación de música y poesía que los contrató para que fueran todos los martes, en vista de que ese era el día más difícil de la semana en el bar. Les ofreció un sueldo no solo a ellos, sino a todos los artistas que actuaban recurrentemente allí. «Al cabo de un año estábamos haciendo espectáculos en directo cada día. Venía mucha gente, lo que pasa es que pagábamos de 40 a 80 euros cada actuación. Muchos músicos tenían el dinero asegurado con nosotros, si esa semana sabían que iban a hacer otro acto en otro local con taquilla, hacían toda la promoción para ese lugar. Llegó un momento en que nos arruinamos y pasamos a taquilla inversa. Al final los músicos venían más contentos porque sacaban más dinero» señala Jordi.

Inés Machpherson
Inés Machpherson relatando “El conde Drácula” de Woody Allen en L’Astrolabi en el año 2013.

Lo que sucedió en L’Astrolabi a partir de su creación el 29 de febrero de 1996 fue relativamente nuevo en Barcelona. «No había muchos bares así, éramos de los pocos que hacíamos música en directo. Seguramente se hacían cosas similares en el Pipiolo, pero no eran muy conocidas», recuerda Jordi con orgullo. El bar empezó a ganar reconocimiento nacional, «nos venía gente de Andalucía o Canarias pidiendo tocar allí porque decían que daba prestigio, abría puertas. Lo de L’Astrolabi fue como lo que pasó con La Mandrágora en Madrid en los ‘70».Aunque los socios, que de tres prontamente pasaron a ser cinco, jamás cobraron un sueldo, tenían otros oficios con los que sobrevivir para poder acudir una o dos noches a la semana a hacerse cargo del bar. Pasaron por  aquel rincón poetas como Glòria Coll, Pere Vilanova o Xavier Sabater, cantautores como Nelson Poblete, cuentistas como Inés Macpherson y Alicia Molina, entre otros muchos artistas.

A pesar de que el local nunca estuvo vacío, L’Astrolabi cerró sus puertas en el 2017. Jordi afirma que el ayuntamiento siempre los persiguió, pues nunca adquirieron la licencia que les permitiera montar espectáculos:

Tuvimos algunos problemas con la SGAE [Sociedad General de Autores y Editores]. Ya casi al final del bar nos exigieron una demanda de 8.000€ cuando estábamos arruinados. Entonces llamamos a la prensa y anunciamos que íbamos a cerrar un local de tradición de más de veinte años gracias a ellos.

Los encargados de la SGAE accedieron a retirar la demanda, pero les exigieron pagar la licencia correspondiente. Una deuda de 40.000€ zumbaba como una abeja envenenada en los oídos del bar cultural y no podían seguir desembolsando dinero. Recibieron una oferta de traspaso de 41.000€, con lo que pudieron pagar lo que debían y repartir lo restante entre los cinco socios: «Nos habíamos ganado en 21 años 1.000€ a repartir. Y así cerramos el trato».

Tabla informativa de la SGAE sobre bares y espectáculos musicales
*Recuadro proporcionado por la SGAE. Vigente al 2019. Disponible en https://bit.ly/2VL6Luq Actualmente la SGAE indica que los locales que abren más de 3 días a la semana deben pagar una tarifa mensual que va de los 106,89€ a los 119,78€ mensualmente dependiendo del tamaño del bar.

La historia de L’Astrolabi no es la única que se ha visto afectada económicamente. El Club Cronopios, antiguamente ubicado en Ferlandina 16 del Raval, también ha vivido sus altos y bajos. Cuando se inauguró en noviembre del 2013 buscaban acoger a esos seres inventados por Cortázar, los Cronopios, representantes de la creatividad y el pensamiento crítico.

Durante los primeros meses pusieron a disposición un micrófono abierto semanalmente. Era un formato extraño en Barcelona, sin embargo al poco tiempo comenzó a llenarse. «Era un fervor, toda la calle llena haciendo cola. El micro abierto creó una comunidad alrededor» señala Ramón Buj, uno de los fundadores. Nació allí también la Jam de escritura, improvisación literaria con ordenadores en los que la gente iba escribiendo y proyectando en vivo sus textos. Igualmente se gestaron charlas de filosofía y sociología a cargo de Joan Gonzalez Guardiola e improvisaciones poéticas. Sobre este último formato, Ramón explica:

Salían cosas brutales. Aún es un formato que tiene un punto de vértigo, incluso para los poetas más avezados. A veces da miedo porque puedes decir cualquier cosa, tu subconsciente emana a tiempo real y no tiene tiempo ni de censurarte, eso también le da un atractivo y un frenesí.

La comunidad que generó Cronopios encontraba en el lugar no solo un espacio donde escucharse, sino también un pequeño oasis de libertad. Tenían dos gallinas que andaban a sus anchas por el público, performances varias y fiestas temáticas. La existencia del bar ayudaba a que fluyera con despojo ese desenfado constante: «La cultura necesita de ese punto dionisíaco. Debe tener un punto de locura, y el bar y el alcohol han sido súper necesarios para eso» opina Ramón.

Muchos de los creadores nacieron en Cronopios siguen en sintonía. Sin embargo, el espacio físico se encuentra en pausa indefinida. Desde fines del 2018 tienen problemas con la propietaria y el alquiler, por lo que hasta hoy permanece cerrado.

Actualmente siguen funcionando como asociación. Organizan eventos semanalmente en el espacio que les ha cedido el bar La Rubia. Me acerco un lunes de micrófono abierto por allí. El bar es reconocido por sus cervezas artesanas y sus tapas, pero al recorrer pasillo central se encuentran unas cortinas rojas que separan al restaurante de La Rubia Teatre. Veo en el escenario a Luistófoles amenizando la instancia con un humor ácido que azuza al público. Segundo Bouzon teatraliza su poema “El Antiplanta”. El dúo HipHopdorowsky improvisa versos al son de un sintetizador electrónico. Esteban Fonseca recita poemas sobre moscas, basura, Caracas y el amor. Aplauden efusivamente a Quico Palomar que canta un par de temas en catalán. Se cuentan cuentos, se ríe el camarero, faltan sillas, nadie bosteza. Cada inicio de semana está igual de lleno, me dicen.

Ramón Buj presentando un Literary Combat en La Rubia
Ramón Buj (Vizconde de Grenoble en aquella ocasión) presentando el Literary Combat del día 2 de mayo en La Rubia.

La importancia de los bares literarios en Barcelona no es meramente bohemia. Ramón lo ve como una forma de activismo social: «Lo de la poesía es una excusa para cambiar el mundo. A no ser que sea al revés y que lo de cambiar el mundo sea una excusa para la poesía. Yo creo que sí podemos cambiar el mundo con todo esto. Tenemos las herramientas de la poesía y la filosofía, los poderes más importantes de la historia de la humanidad: la palabra en sus vertientes estética y conceptual. Y han quedado relegadas de forma tan marginal que no las quiere nadie. No hacen eventos mainstream con todo esto, y es lo que hacemos nosotros».

A pesar de que La Rubia es un buen sitio, Ramón Buj piensa que no es lo mismo que el espacio original de Cronopios: «Estamos en el exilio. Otro lugar no sería posible, yo ahí invertí mucho dinero y era el sitio perfecto. Acá estamos muy dispersos». Sin embargo, no todo parece tan oscuro. El ímpetu por nutrir la industria cultural barcelonesa mueve a Ramón: «Yo tengo un plan» me dice con una seguridad contagiosa, «yo creo que esta es la cultura de nuestro tiempo, la de jams y micros abiertos, compartida, saliendo de esta cultura consumista de que vas a un teatro, aplaudes y te vas a casa. Tiene que haber más interacción, la gente está ávida de eso. Quiero convertir todo esto en algo más sólido, poder crear una industria cultural, salir del underground».

Dolors Miquel recitando el 1 de mayo en uno de los bares poéticos de Barcelona, La Rubia por iniciativa del HORIGINAL
Dolors Miquel recitando el 1 de mayo en La Rubia por iniciativa del HORIGINAL

Aunque la agenda semanal del bar la protagoniza Cronopios, los miércoles se dejan para el HORINAL (Obrador de Recitacions i Noves Actituds Literàries), también llamados HORIGINAL. Colectivo que promociona la literatura actual en lengua catalana en asociación directa con La Rubia. Han traído a escenario a poetas de la zona como Dolors Miquel, Laia Carbonell, Raquel Santanera, Max Besora, entre otros. Aunque no explotan tanto la poesía teatralizada como lo hace Cronopios, el colectivo recurre a la declamación clásica de cuentos cortos y poemas. También hacen presentaciones de libros o revistas como la Branca y Carn de Cap, esta última perteneciente a la Escuela Bloom de escritura.

Volviendo a la emblemática Gracia, en la calle Pau Alsina funciona desde agosto del 2017 el Espai (Poe)-tic. Un pequeño sitio donde se realizan talleres, microteatro y poesía escénica. Casi siempre son espectáculos gratuitos o con taquilla inversa, pero todas requieren el carnet de socio que tiene un valor de 2€ y que se renueva anualmente. Además venden libros de autores del Espai y mantienen una exposición de artistas locales que renuevan cada dos meses.

Jordi Romero recitando poesía
Jordi Romero interpretando un poema del poeta venezolano Alexander Martínez en el Espai (Poe)-tic

En el subterráneo se ubica el escenario, rodeado de cuadros que evocan cuentos clásicos de Poe. Al fondo el logo que muestra al autor con la lengua afuera y la mirada doblada, aludiendo a ese carácter irreverente que ofrece el bar. Converso con un cliente que frecuenta el local desde que abrió. Toni puede decir que es el socio número 3 del Espai (Poe)-tic «los otros dos son los fundadores», comenta risueño. Me explica que el lugar no es un bar propiamente tal, la prioridad es el espacio cultural, pero reconoce que se mantiene gracias a las consumiciones. Por eso se hace una pausa para tomar algo en medio de las actividades, precisamente el contexto en el que conversamos.

Aquella tarde de domingo Jordi Romero interpreta poemas escritos por asistentes frecuentes del Espai. Me cuentan que también hacen cosas en el Bar Sinestesia de Sants y en el Atelier Güell de Gracia. Algunos rostros se repiten. Hay una comunidad latente en Barcelona que está germinando cosas en torno a la poesía.

Jordi: esta es una bonita ciudad donde hay mucha cultura, pero no se defiende ni se respeta suficientemente desde las instituciones.

El lugar fue creado por Jordi Romero y Esther Reset. Los inicios prometían. «Ambos conocíamos mucha gente de la cultura underground literaria, poética y teatral, así que causó mucha expectación y abrimos bastante fuertes ya. Poco a poco hemos ido mejorando y dándonos más a conocer todavía. Seguimos al pie del cañón» afirma Jordi, actor de profesión. Actualmente acogen a muchos de los artistas que pasan también por La Rubia o que pasaron por el Club Cronopios.

Sin embargo, Jordi reconoce que escasean en Barcelona sitios así: «Algunos hay, pero siempre malogradamente perseguidos y poco valorados por los poderes fácticos. Nos llevamos bien con otros espacios como el nuestro, sobre todo con el malogrado Club Cronopios que difunde ahora en La Rubia y del cual somos un espacio primo, sino hermano, ya que Esther venía de colaborar con ellos y yo también tenía buena relación antes de la apertura del Espai. Creo que nos hemos nutrido mutuamente y mantenido una muy buena relación de respeto y apoyo mutuo».

Ese malestar parece generalizado. Tanto en Jordi Cantavella de L’Atrolabi que ya no está dentro de la agenda cultural de Barcelona, como en los demás gestores culturales. Y, a pesar de eso, se siguen creando nuevas iniciativas que recuerdan que la literatura sigue más viva que nunca, sobre todo al lado de una copa de vino o de una cerveza helada.

[1]https://www.mercasa.es/media/publicaciones/251/El%20sector%20de%20la%20restauracion%20en%20Espana-%20FEHR.pdf

***

Desde octubre del 2019 el Espai (Poe)tic se recupera resacosamente de una cerrazón de puertas de parte del Ayuntamiento de Barcelona. Igual que sucedió con otros bares que se han mencionado, el espacio físico del (Poe)tic fue cerrado. En su sitio web se explican los pormenores legales de asunto y los eventos que siguen realizando en lugares como el Oracles Theatre. Y sin embargo, como ellos mismos afirman, el arte es imposible de erradicar. Por mucha burocracia y multas absurdas, se sigue escribiendo, se sigue leyendo, se sigue escuchando…se sigue bebiendo cada día poesía, música y teatro.

Cierran los lugares, pero no mueren las comunidades.

Por otro lado, el Club Cronopios ha vuelto a abrir sus puertas. Espero ansiosa ir a Barcelona para husmear por los laberintos poéticos que seguramente han vuelto más fuertes que nunca. Enhorabuena!


Por Graciela Olave
¡Comparte este contenido y apoya a la cultura!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *