Esta crónica fue escrita en abril del 2019
De izquierda a derecha: Óscar Barberán, Luis Posada y Jordi Brau
Imagen: De izquierda a derecha: Óscar Barberán, Luis Posada y Jordi Brau. Fotografía recuperada del foro Manga Clasics el 3 de mayo de 2019

Abril lluvias mil en Poblenou. Nos refugiamos en el portal del estudio Polford, casi en la esquina de Dr. Trueta con Carrer d’Àvila. La entrada no tiene ningún letrero que indique que ahí está el hervidero barcelonés del doblaje al castellano y al catalán. Sin embargo, cuando se abren las puertas, nos espera un recibidor extrañamente pulcro y luminoso que contrasta con la humedad exterior. Todo está seco y blanco. Una planta en la esquina sobriamente se mira en diagonal con el gran letrero interior que reza “The Return of Mr Polford”.

Aquella carcaza de clínica impenetrable cambia cuando se entra en las diversas salas del estudio. Todas son grises, mantienen temperaturas neutras y sonidos secos.La primera que visitamos es donde se hacen las grabaciones para anuncios publicitarios. Allí nos esperan, como los tres mosqueteros, los directores artísticos de Polford: Jordi Brau, Óscar Barberán y Luis Posada. Nombres que tal vez puedan pasar desapercibidos, no así sus voces instaladas ya en el imaginario colectivo de los 2000.

Voces conocidas

Forrest Gamp saludando
Jordi ha hecho el doblaje a Tom Hanks, Robin Williams, Tom Cruise, Roberto Benigni, entre otros. Lo hemos escuchado en películas como Forrest Gump, Salvar al soldado Ryan, El club de los poetas muertos o La momia. Tiene la amabilidad y las gafas de Williams, así como la sonrisa amplia de Hanks.

Luego nos saluda un personaje con aires metaleros, Luis Posada, doblador frecuente de Leonardo DiCaprio, Jim Carrey o Johnny Depp en filmes como Titanic, La Máscara o Piratas del Caribe, de cuyo Jack Sparrow se le ha quedado la cabellera larga y la simpatía de un eterno pirata.

Y finalmente, Óscar Barberán, voz habitual de dos Ben: Stiller y Affleck. También de Tom Hanks en todas las películas de Toy Story. Pareciera que la afabilidad de Woody pero también la curiosidad de Neo de Matrix se le ha impregnado a la hora de hablar. De método Stanislavski mucho. Se les inyectó en el estilo y la apariencia algo más que la voz de los personajes. Una cuestión que sobrepasa al sonido. Son actores, el doblaje es un arte interpretativo, coinciden.

Caminos del doblaje

En el pasillo nos topamos con varias fotografías emblemáticas del cine del siglo XX. Un recuerdo fragmentado que evoca a los antiguos estudios de grabación, «es el sabor que uno probaba la primera vez que entraba a un estudio de doblaje, ese olor a tabaco, la gente enganchada a las boquetas porque dentro de las salas se fumaba» rememora Luis.

Entramos a una sala un poco más grande que la otra, también gris. Un gran ordenador ocupa el centro de esta especie de bunker. Ahí está Ricard, encargado de mezclar y editar los sonidos. Un taller sonoro con herramientas digitales (plugins) en lugar de alicates o taladros. No hay manchas ni rastros de ningún tipo. Las huellas del proceso quedan en el aire, hábitat natural de la voz.

En la siguiente sala se cuece el doblaje como tal. Una pantalla, algunos sillones en el fondo y la tarima al centro. Ahí se sube el doblador para enfrentarse cara a cara con la película original. Debe seguir secuencia tras secuencia, las actitudes, las emociones, las gesticulaciones del actor a quien presta voz. Una sincronía que adquiere un ritmo casi perfecto cuando la experiencia deriva en maestría.

«Tienes que ayudarte corporalmente, estás actuando, estás pasando las mismas emociones, sin público, pero es el mismo proceso. Corporalmente viene a ser prácticamente el mismo trabajo. Lo complicado es que no tienes un tempo tuyo, sino que tienes que rápidamente ir copiando el del otro. No tienes el tiempo de elaborar tu personaje. En teatro vas mucho más lento» afirma Jordi Brau, quien se ha puesto ya con las manos en la masa arriba de la tarima para mostrarnos una pequeña demo junto a Luis.

Repiten la secuencia que debe durar unos 30 segundos un par de veces. El proceso es relativamente rápido, llevan haciendo esto más de veinte años. Gracias a las paredes forradas con lana de roca, el sonido es fluido, seco e inmediato. En esos momentos, el silencio solo puede ser rasgado por el doblador y la película que está trabajando. Es una imitación de actor a actor a tiempo virtual. Al respecto Luis señala «lo que es la sincronía es un arte que requiere su tiempo, pero seguramente no es lo más difícil del doblaje. Lo más complejo es ser capaz de comunicar qué han hecho otras personas, imitar ese tono y provocar las mismas sensaciones».

Mientras avanzamos hacia la sala grande nos cruzamos con un aula se imparten cursos sobre doblaje, locución e interpretación. Vuelvo a percibir esa palidez de clínica de barrio alto. Pienso que quizá la cara externa del Polford es blanca, abierta y amplia; pero donde está en ebullición la interpretación más delicada, la más sutil es en esos compartimentos grises de distintos tamaños. Se reparten por el estudio y cada uno parece ser una versión del otro, como en un juego de espejos donde no solo se mira espacio contra espacio, sino también actor contra actor, voz contra voz, idioma contra idioma.

Dolby Atmons: la magia ocurre aquí

La dialéctica de la imitación tiene su recompensa (o su sanción) en aquella última sala a la que llegamos. La más aislada de todas, pues funciona como una caja flotante. «Si hubiese un terremoto aquí casi que ni nos enteraríamos», advierte risueño Óscar.

Acá se dan los últimos retoques a las películas más importantes. También se ve el producto final luego de la traducción, adaptación, doblaje y edición. Funciona como un tribunal sonoro gracias a que la experiencia de escucha es distinta a la de otras salas, pues cuenta con sistema Dolby: «nosotros somos el primer estudio en Barcelona que se hizo expresamente pensando en este sistema. No se ha adaptado, tuvimos la suerte de que Dolby Atmons empezara cuando estábamos en obras y nos lo montamos» comenta Óscar.

Gráfico de sistema dolby

Tenemos la oportunidad de ver y escuchar un cortometraje que explota los recursos del sistema. Sonidos selváticos y lluviosos, pájaros y animales que corren, graznan y hacen eco como si estuvieran al alcance de la mano. El realismo de la experiencia provoca que la virtualidad ya no tenga mucho que ver con lo visual, sino con la materialización del sonido. Se oye el agua y la tormenta tronar desde el techo, el revoloteo frenético de las aves en 360º, la trizadura terrestre abrirse bajo nuestros pies.

Al salir del estudio, la verdadera lluvia se ha atenuado. Las calles adquieren esa costra de realidad endurecida que sobresale cuando se ha visto una buena película, cuando se ha leído un libro estremecedor o se ha visitado Polford. Ese día nada termina de oírse igual.


Por Graciela Olave
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