La sirena se rociaba por el barrio como se regaba el amonio los domingos. Desparramada, asustando a los vecinos de la cuadra con ese ruido blanco y repetitivo, «sanitizador». La escuchaban sobre todo los ancianos, le veían escapar por los bordes de sus camas.

Un pequeño brote de ajo que había plantado hace dos días, se vio gravemente afectado. Ante la inclemencia del sonido, que se alejaba y volvía al rato, una fibra de su costado comenzó a abrirse junto a la tierra. No le noté el crujir, pero pude observar de lejos. Aunque no me daba la vista pero sí la intuición y el olfato, vi cómo sangraba su costilla.

Mi ajo crucificado en contaminación acústica, rindiéndole honores a la tarde que demoraba su luto, se quedó allí, abierto y plantado para siempre. Lo dejé como un recordatorio de la pandemia, pensando en que tarde o temprano se regeneraría o que en el peor de los casos se transformaría en compost.
Pasados los seis meses el gajo seguía intacto. Como esas abuelas que mueren con la piel lozana, me miraba a ojos cerrados sobre el ataúd. Sin soltar ni un brote, mezquino pero siempre recto, alzado sobre el paso del tiempo, no permitió que le entrara ni siquiera la mordedura de un caracol. Fueron dos, tres años, la casa se vendió por tragedias familiares que no vienen al caso. Hoy he vuelto a testificar como antigua propietaria. Un procedimiento, que me han dicho, no se hacía hasta hace cuatro años. Pero es cierto que con los televuelos ha cambiado drásticamente la forma de «estar».
Puse una sola condición para asistir a testificar con mis 77 años: que me dejaran visitar el antiguo patio.

Me acerqué con el corazón latiendo a mil por horas. Insensato. Era obvio que no podría decir las verdaderas razones de porqué estaba allí. Demencia senil, habrían dicho, y me habrían mandado de vuelta a casa con mis gatos imaginarios, mis tejidos a medio hacer, la cocina sin apagar toda la noche, con supuestos incendios que nunca provoqué. En cambio, había argumentado nostalgia y terapia recomendada para paliar las ráfagas de una falsa, pero conveniente depresión. Agrietábase mi cabeza, le dije al abogado, lo veía entre las pocas canas que me coronoraban el rostro. Un camino tras otro, la tristeza se abría paso como una hoja de tomates, olorosa, amarillando a ratos por el frío. Estaba helada esa casa, demasiado cercana al humedal, al rostro pegado de las vecinas sobre el vidrio, mojando todas las superficies con vaho, silencio y tormentas ventosas que llegaban trayendo todavía más humedad, más polvo y más hongos del río.

Era el vivo retrato mío, de golpe me transformé en una vecina más de los 20’s. Pegada con todo el cuerpo y bastón al pequeño huerto, diminuto al lado del gran Edén que yo recordaba. En el lugar donde antes reposaba el diente de ajo, una lápida chiquita me observaba, como si se tratara de la tumba de una ratón. Sentí el el perfume inconfudible, fuerte y picante. Pero no encontré más grieta abierta que la que había dejado el cincel sobre la piedra: «Aquí descansa el ruido con los ojos abiertos. Guarde silencio para verlo y testifique de su presencia. Amén».


Por Graciela Olave Ramos
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