Desconectar para conectar. Así surgió la idea viajar a Italia sola, de una semana a otra. Y es que para los que vivimos impacientes por conocer el mundo, cada cierto tiempo nos dan esos arranques de manera súbita.

El plan era el siguiente: debía ser un lugar con buen clima para un noviembre tormentoso en el hemisferio norte, que no implicara demasiadas horas de viaje y sobre todo que estuviera bien de precio para un escuálido bolsillo de una estudiante promedio.

Calles estrechas de NápolesDespués de hacer una búsqueda exhaustiva de veinte minutos por páginas de vuelos (sí, veinte minutos solo, qué no me gusta liarme) aparece Nápoles como opción, ¡vaya opción!

He de reconocer que no sabía muy bien qué ver en Nápoles. De la ciudad solo conocía lo típico que uno escucha en algún telediario o en alguna conversación pasajera: mafia, camorra, fútbol, y como no, la famosa pizza napolitana. Sinceramente no tuve mucho tiempo para poder investigar a fondo con tan pocos días de antelación. De todas formas, como buena hija de la antropología, soy de la idea de que nada vale más que vivir una cultura con tus propios ojos, sentirla, experimentarla desde dentro y ojalá sin ideas preconcebidas. Partí sin leer ni una sola reseña sobre esta ciudad, dispuesta a conocerla y a vivir mi propia aventura.

Alojar en Nápoles

Nada más salir del aeropuerto me recibe el caótico tráfico acompañado de una sonajera de bocinas como bien están acostumbrados los napolitanos. Una ciudad ruda a primera vista, sucia a ratos, bulliciosa, movida, frenética. Tenía que llegar al hostel caminando, así que me arme de valor y me lancé a la vida, con esa “valentía de chilena” como nos gusta decir a mí y a mis amigas en momentos complicados. Supe entonces que el lugar no me dejaría indiferente.

Al llegar al alojamiento sentí de inmediato la buena onda que reposaba en el ambiente. Era mi primera experiencia compartiendo habitación y debo reconocer que iba con un poco de recelo. Ya estando ahí y comparándola con otras estancias, puedo decir que ha sido la mejor experiencia que he tenido hasta el momento. El chico del hostel desde el primer momento me hizo sentir como en casa, algo que se agradece estando a más de 12.000 kilómetros  de la tuya. Si hay algo que amo son las sonrisas de buena mañana, y los napolitanos me estaban recibiendo con múltiples de ellas.

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Antes de contarte qué ver en Nápoles debes saber que acá la vida se vive a otro ritmo. Ármate de paciencia con el transporte público, ya que puedes pasarte rato esperando un bus, aunque nada es tan terrible si esa espera se hace acompañada de un baba, postre clásico de la cocina napolitana a base de ron. Es suave, esponjoso, una bomba dulce que recuerda a esos antiguos pastelitos que hacían las abuelitas. Se pueden encontrar en su forma clásica, pero también los hay con crema y chocolate.

Lugares que ver en Nápoles

Siguiendo el recorrido, la Piazza Dante es un buen punto cero para elegir qué ver en Nápoles. Desde ahí comenzarás a palpar su historia, su riqueza cultural y su exquisita gastronomía. Las calles estrechas invitan a inmiscuirse en el trajín de sus comercios y  su gente,  a olvidarse un poco del GPS, del teléfono y las fotos… ¿Se han puesto a pensar cuántas veces hemos vivido una ciudad a través de la pantalla? Perdiéndonos la esencia, lo simple y espontáneo de la vida… Es que Napule incita a volver a lo anecdotario, al quiebre del plan y del postureo. Nada es tan riguroso aquí. Su alocado dinamismo te envolverá poco a poco y lo disfrutarás más que aquella selfie HD de muchos likes.

Fotografía del Monte Vesubio visto desde las costas de Nápoles

Cae la noche y aunque ando un poco perdida, el ritmo de la ciudad es imparable. Nada mejor que ir al paseo marítimo a contemplar el Castel dell’Ovo. De fondo el monte Vesubio y la luna llena coronan la postal. Ya quisieran cualquier par de enamorados verse ahí a lo Dama y Vagabundo matando el tiempo.

Fotografía de la Plaza del Plebiscito, un lugar esencial que ver en Nápoles

A la mañana siguiente y ya un poco más repuesta del viaje, después de haber respondido mensajes a la familia y amigos contando mis peripecias por estos mundos de Dios, me abraza un tímido solcito que me llena de energías para comenzar un nuevo día. Me encamino a un imperdible que ver en Nápoles: la Plaza del Plebiscito, una deliciosa extensión de la mirada que con su gran explanada y sus innumerables columnas se impone a la vista de los que por allí pasan. Ahí mismo se encuentran algunos de los edificios más importantes de la ciudad como el Palacio Real, La Basílica de San Francisco de Paula, el Palacio Salerno y el Palacio de la prefectura. Esenciales en este viaje!

Desde ahí Vía Toledo asoma como una de las calles principales de Nápoles y como en cualquier urbe, allí se encuentran las tiendas comerciales más importantes. A un costado de la misma está el Barrio Español o Quartieri Spagnoli, muy singular por sus calles ceñidas y empinadas, balcones orillados por la ropa colgando y tienditas con artesanía tradicional. Los coches cruzando por el medio de la calle y las motos a toda velocidad demuestran la destreza propia de los napolitanos para no morir arrollados o estrellados contra una esquina. Bares y pizzerías por montones van abriendo el apetito del transeúnte que rehúye a conductores imprudentes y extasiados.

Cruzando Vía Toledo hacia el otro lado, muy cerca de la Piazza Dante, se encuentra la Piazza del Gesú Nuovo. Destaca a primera vista por su Obelisco de la Inmaculada como una de las plazas más importantes del casco histórico y famoso punto de reunión. Alrededor de ella podemos encontrar la hermosa Basílica y convento Santa Chiara (S. XIV), edificio gótico muy bien conservado cuya entrada cuesta 6 euros. Este es un excelente lugar para sentarse y vislumbrar el vaivén de la gente, conocerles, entablar conversación (el bar también, por supuesto). Siento que debo descansar después de patiperrear la ciudad de punta a punta y retomar fuerzas para seguir explorando.

Gastronomía napolitana

Pizzería napolitana con bandera chilena en su comedorContinuando por las calles laberínticas del centro y con un hambre que me moría, de repente me quedo boquiabierta con algo que no esperaba ver: ¡Una bandera chilena colgando en la entrada de una pizzería! ¡Y sí! Obviamente me llené de emoción y me hizo pensar inmediatamente en lo lejos que estaba de mi casa. El sentimentalismo se fugó rápidamente porque Nápoles era un lugar que incitaba a satisfacer placeres tan primigenios como el hambre o un antojo natural de pizza y pasta.

La pizzería Al 22 se encuentra en la Vía Pignasecca y he de decir que allí hornearon la mejor pizza que probé en el viaje. Eso sí, que conste que el estilo clásico napolitano o italiano en general es bastante austero con los ingredientes. Nada comparado a lo que estamos acostumbrados en Chile o Latinoamérica. Pero bueno, lo mejor es sentarse a la mesa y disfrutar de la comida, porque de eso saben muy bien los italianos y nos ganan por goleada definitivamente, chapó!

Pizza Napolitana

A modo de anécdota quisiera mencionar que la pizzería tenía una bandera chilena en la fachada porque había ganado un concurso de un programa de televisión que se transmitía años atrás en Chile. Semplicemente pizza era dirigido por el periodista y músico Jean Philippe Cretton. El equipo viajó a la ciudad en el año 2016 y coronaron a esta pizzería como la mejor de Nápoles.

¡Y con todo el mérito!

Sin lugar a dudas me sorprendió lo mucho que hay que ver en Nápoles. Es una excelente opción por sus buenos precios, por su belleza histórica y sus paisajes, por su locura, por su comida, por su gente y sobre todo, por su característica identidad que no deja indiferente a nadie. Se aleja del prototipo de ciudad europea al que estamos acostumbrados y se agradece que no haya un turismo excesivo como en otros sitios.

Ya toca ir a descansar al hostel y dormir temprano porque mañana es el turno de Positano, una joya de lugar, pero eso para otro post!


Por Tamara Vera
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