Mosaico que retrata el rostro de Pedro Lemebel, autor de Loco Afán, en un metro de Santiago de Chile
Mosaico que retrata el rostro de Pedro Lemebel cerca de Metro Moneda, Santiago de Chile. Autor/a: musa_mosaico

Quizás me adelanto a los últimos días de diciembre, pero debo reconocer que Loco Afán de Lemebel es una de las mejores cosas que he leído este 2019. Y aunque se dice que es una recopilación de crónicas sobre el travestismo y el sida en el Chile de la dictadura, creo que va mucho más allá de este género. Hay que reconocer que a bailoteos el texto se acerca a una prosa poética escondida en el borde de la página. Arrinconada por el dato y esa realidad cruda que ojalá fueran solo una ficción.

Loco Afán es un libro de fluidos. Un libro que sangra por todas partes. Un libro que eyacula por todas partes. Un libro infectado, podríamos decir. Un libro que moja las manos, los ojos, el cuerpo. No podemos evitar su invasión como un oleaje que nos derrumba y nos hace leer con los ojos achinados, enfadados, la sonrisa silenciosa, la emoción del desgarro, la cabeza gacha porque nos sumerge a la fuerza en la calle y el barro santiaguino del siglo pasado. Y nos dejamos cubrir por esa sombra, como se le denomina en Chile al sida en los círculos travestis.

Es atrevido decirlo, pero podemos pensar que todos somos sidarios cuando leemos Loco Afán. Un momento breve en el que escuchamos el prejuicio en el trasfondo histórico de Chile (tengo cicatrices de risas en la espalda), se enflaquece la vida azotada por las viscosas aguas, se atraviesa la puerta:

-¿Por qué portador?

-Tiene que ver con puerta

-¿Cómo es eso?

– La mía es una reja, pero no de cárcel ni de encierro. Es una reja de jardín llena de florcitas y pájaros.

(Loco Afán, p. 102)

Hablar de la muerte es un delirio siempre. Pero hablar del sida es un delirio estigmatizado, al menos hoy. Y lo fue ayer y lo será, esperemos que no, en las próximas décadas. Hablar del sida en los ochenta con la dictadura dando palos a cualquier disidencia, era un delirio cósmico, ya ni si quiera terrenal. Era ofrecerse en bandeja al despilfarro violento de la extrema derecha, a la homofobia que dejaba caer su manto frío y pesado sobre un pueblo medio adormilado de tantos golpes en la cabeza, de tanta neurona frita por el calor del dinero y ese consumismo ascendente que nos hizo ser el Chile de ahora, el del siglo XXI.

Fotografía de la intervención de las Yeguas del Apocalipsis: "Lo que el Sida se llevó" (1989).
Fotografía de Mario Vivado. Intervención artística «Lo que el sida se llevó» (1989) en el Instituto Chileno Francés de Cultura. En la fotografía Pedro Lemebel y Francisco Casas, las Yeguas del Apocalipsis.

Pero había que ensartar el corazón en esa cultura oficial con la palabra y el cuerpo, dejarlo crudo y latente frente a esa mirada incomodada. Lemebel, y otros más como Cecilia Vicuña, Carmen Berenguer, Elvira Hernández, Raúl Zurita o su compañero de las Yeguas del Apocalipsis, Francisco Casas, extremaban la poesía al desconcierto popular con actos político-artísticos en plena ciudad.

Aquella ciudad que Loco Afán retrata desde el suburbio prostibular con la diversidad que implica el travestismo: las locas de barrio alto, las locas de barrio pobre, las locas niñas, las locas maternales, las locas agringadas, las locas pop, las locas místicas.

Las locas. Ese apodo en el que se habita la homosexualidad de cono sur. El nombre tras el que se puede ser lo que se quiere ser. Los mil nombres de María Camaleón se llama una de las crónicas de este libro y comienza así: «Como nubes nacaradas de gestos, desprecios y sonrojos, el zoológico gay pareciera fugarse continuamente de la identidad. No tener un solo nombre ni una geografía precisa donde enmarcar su deseo, su pasión, su clandestina errancia…» (83).

Esos nombres que terminan de travestir al sujeto posmoderno. Deambulando entre el borde social y la cultura popular (qué fronteras más difusas), con un pie en el margen y el otro en el amor romántico. El descampado al cual pertenecían -y pertenecen- no solo las sexualidades disidentes de los ochenta, sino también las nítidas e intensas provocaciones de algunas mujeres, no era nada más ni nada menos que la total urbanidad.

La calle sudaca y sus relumbros arribistas de neón neyorquino se hermana en la fiebre homoerótica que en su zigzagueo voluptuoso replanea el destino de su continuo güeviar.  La maricada gitanea la vereda y deviene gesto, deviene beso, deviene ave, aletear de pestaña, ojeada nerviosa (…). La ciudad se lo perdona, la ciudad se lo permite, la ciudad la resbala en el taconeo suelto que pifia la identidad con la errancia de su crónica rosa. Una escritura vivencial del cuerpo deseante… (Loco afán pp. 115-116)

Santiago es un paisaje frecuente en Loco afán. Un escenario desbordado, a ratos muy pobre, a ratos muy violento. A veces también amoroso, dulcísimo en su costumbre chilena. Y los que estamos fuera, como no ver reflejada algo de nuestra esencia en la vertiginosa pluma de Lemebel. Muchas veces cruda, salando la herida abierta de la dictadura, carcomiendo levemente su propio nombre. Pero es verdad que Loco afán, dentro de esa violencia que siempre deja la muerte, promueve un amor afanoso. Una canción de la Lola Flores, una caricia de Queen, un vozarrón de Raphael. Entre ese pastiche que es la cultura popular latinoamericana y postmoderna, resulta difícil no reflejarse a ratos. Recordar la radio en la cocina, las calles de un Santiago extrañamente llovido, la cordillera deshaciéndose en plegarias por no más golpes, no más indiferencia, no más asesinatos. No más risas, no más burlas, no más muertes, no más amor milico. Y hoy nos toca como nunca  Lemebel y su palabra aguda, penetrante.

Sí o no?


Por Graciela Olave

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