Tigres por donde no había. Escuchamos un rugido primero, y luego el silencio vino a poner punto seguido. Pensamos que había sido nuestra imaginación, pero nuevamente un inconstante y esta vez, jadeaba. Las frases nos quedaban sin terminar. Temimos que cortaran nuestras cuerdas.

Más allá de la ventana el mundo no parecía muy distinto. Nosotros habíamos aprendido a sobrevivir a nuestra intermitencia. Los de afuera se hacían los desentendidos pero la verdad es que sin darse cuenta, dejaban todas las pelotas sin chutear. El Maxi, por ejemplo. Un niño flaco y muy alto para su edad que siempre andaba preguntando por su gato entre los departamentos. Vivía en el piso tres y sus padres dejaban todo a medias. Desde un matrimonio a medias hasta las prohibiciones a medias. Que el niño podía tener al gato pero no era de ellos. Que los papás se querían pero como amigos. Que el papá no le pegaba a la mamá, sino que sacudía el polvo de sus mejillas, porque tanto tiempo había pasado desde la última vez que la amaron a la pobre. Y métale a cachuchazo limpio, tanto que desde nuestra ventana se escuchaban lejanos. Cuando Gisel, la mujer, no gritaba, no sabíamos si le estaba pegando al chico o al gato. Sonaba solo el impacto de esas manos percutidas por la grasa del taller mecánico contra la piel (o pelaje) de la víctima. Y la respiración inconstante. Ya le costaba respirar de tanto aspirar esa mierda de los autos y camiones que arreglaba con furia. Cuando llegaba, medio edificio sabía lo que le costaba subir las escaleras, llevando el peso del cuerpo de un lado al otro como si fuera una masa inerte, separada de él.

El niño levantó sospechas un día que llegó a preguntar por el gato con los brazos manchados de estelas lilas. Se había estampado la huella digital de su padre en la parte blanca de sus muñecas. Como si lo quisiera apretar, pero a medias, sin romper ningún hueso. Mientras no hubiera sangre nada podía ser real. Los ojos también, a medio lloriquear. Un poco resfriado ando, vecina, me dijo. El gato este que nos da alergia, pero está cachorrito todavía, sabe. No lo puedo tirar a la calle, si cuando me lo encontré ese día en la Vega, parecía un guarén chico y estaba en los huesos. Lo viera usted como está ahora de grande. Cuando lo pille se lo vengo a mostrar. Insolente el gato de mierda.

Cuando le dijimos que no habíamos visto al dichoso gato, la vecina Olga salió del departamento de al lado llamando al niño a gritos. Con su brazo suelto, agitando la piel arrugada como un papiro antiquísimo, sonando a todo ritmo con tanta pulsera barata del bazar chino que abastecía de cachivaches al edificio, lo entró y lo llevó a la ventana del living para que viera con sus propios ojos el niño. Allí estaba el gato Lorenzo, reventado encima de un auto rojo, había dejado incluso la marca, toda la silueta ensangrentada y marcada sobre el metal. Tanto había crecido el gato Lorenzo que incluso el techo de un auto se dejaba incrustar por su cicatriz. La cabeza quebrada, los ojos abiertos como platos observando al amo desde abajo, el calor espeluznante de enero en Santiago. Todo era una gran polvareda de smog, sangre y barro. El dueño del auto cuando despertó de la siesta por tanto griterío, no se preocupó de sacar al Lorenzo. Le daba impresión, dijo. Se puso a manguerear todo el estacionamiento para sacar los restos de sangre y dejar que los absorbiera el pavimento. Total, con ese calor todo pasaba piola, se secaban rápido las ropas, las lágrimas, las manchas de aceite y sangre.

El Maxi lloraba como si tuviera cinco años de nuevo, pero nadie más se asomó. Solo la vecina Olga le sobaba la espalda como quien consuela  a los borrachos vomitivos. Todos teníamos un poco de temor, un poco de pudor. Cobardía, en realidad. Se afirmaba los mocos con una mano y con la otra intentaba volver a armar al gato Lorenzo. Yo no aguanté más y bajé a ver si podía ayudar en algo, a ver si el gato respiraba. Pero llegó el padre y tomó de un brazo al niño. Lo forcejeó hasta que de un portazo se escuchó que deja al gato culiao tranquilo si ya está muerto, y bien muerto porque lo teníai lleno de parásitos pendejo de mierda. Las bofetadas retumbaron en las paredes del concreto y se acoplaron por un momento los griteríos. El gato ya estaba frío, terminé de comprobar. Agarré una bolsa de plástico que bajé en el bolsillo de mis pantalones y lo envolví con asco y pena. El cuerpo se quedó enterrado al lado del único árbol que teníamos en nuestro patio, entre colillas de cigarro y pasto seco. 

A los pocos meses vinieron de la municipalidad a talar el árbol porque había que pavimentar entero el patio. Iban a «remodelar» los bloques porque se humedecían mucho en el invierno. Pintaron todo de nuevo, excepto el edificio nuestro, que quedó mitad amarillo mitad terracota. El alcalde justo falleció y nos dejaron a medias, para variar. A veces escuchábamos al Maxi que llamaba al Lorenzo por la ventana, y después se reía porque se acordaba que estaba muerto. Su padre también se había ido, y al menos el niño andaba ya sin moretones gratuitos. Salía a jugar al pavimento liso y gris que nos dejaron, sin ninguna huella de pasto, más triste nos quedamos sin el árbol solitario con el que se enredaban los cordeles de colgar la ropa. Pero en vez del árbol teníamos al Maxi ahí abajo siempre, que poco iba al colegio y más se quedaba ahí, cerquita del cadáver del Lorenzo. Como haciendo raíces bajo el cemento áspero, creciendo de unas lombrices que morían estancadas junto al cuerpo del animal. Ya no teníamos reino vegetal y pocas gotas de lluvia, en realidad. Santiago cada vez más seco, más histérico, más cambiante y hostil. Pero al menos el Maxi sabía donde quería quedarse. Tullido para siempre sobre ese bloque gris.


Por Graciela Olave
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