Una «sensación» universalmente humana que toma formas distintas como el barro. Según se maneje puede ser desastre o cerámica, jarra de flores o charco de cerdos. Igualmente todos caeremos de culo allí, tarde o temprano. Si es que ya no hemos tropezado con sus sombras extrañas.

Es cierto que hace siglos la concepción del amor era distinta, pero desde la Edad Media y la construcción del Amor Cortés este sentimiento se ha transformado en un universal que, aunque cambiante, sigue ciertas directrices más o menos similares. Es este amor romántico y modernillo que nos convoca en febrero, aquel que la posmodernidad no puede -o no quiere- derribar. Amor incondicional que cargan en el lomo los perros, al que alude y por el que respira nuestro ser capitalista y sentimentaloide, necesitado de satisfacción, progreso y consumación.

Es probable que aún cale hondo el arte que aspira a tratar temas universales. Dicen que la literatura clásica deviene canónica en tanto toca fibras universales: amor y muerte. No me interesa entrar en tecnicismos cinéfilos porque no los manejo, pero como espectadora creo que Marriage Story bien podría haber sido una novela decimonónica o un cuadro de museo nacional. Trama usual, de las que abusan comedias y series gringas: desamor, separación, griterío, niños y mascotas al medio del caos.

Claramente ni el cine ni el arte en general se rinden nunca. Y cómo hacerlo si es tan humana aquella creación, y lo humano siempre es absurdo y distinto, siempre descoloca, retrocede y avanza con un azar fascinante.

Sabemos que la originalidad es un fiasco como la objetividad. Palabras ideales que nunca se pueden tocar más allá de la estela que dejan. Con la yema de los dedos hemos tanteado apenas un calorcito ínfimo de su concepto. Y desde allí, el sudor exquisito de los cuerpos tocándose unos con otros: libros con libros, ficciones con ficciones, mito penetrando en el mito. Amor espejeándose en su concepto del amor.

Es el hipertexto un gran caldo de cultivo donde toda obra de arte navega, contaminándose porosa y habitable por diversos lenguajes. Desde allí hablan los años dos mil. Nuestro monólogo se tapa los ojos y quiere parecer hermoso y único. La intención de ser irrepetible, provocador y crítico. Pero, oh, sorpresa: hemos pisado este mundo antes con las mismas huellas, con los mismos gestos nos hemos mandado a la mierda, son las mismas palabrerías, las mismas caricias y el mismo sentimiento de desgarro.

Las combinaciones cambian. Esa ecuación que, desde mi punto de vista, aprueba el espectador. Marriage Story difícilmente podría no quebrarnos. Esa grieta que nos parte en dos valida la fórmula. Lo hacen bien porque irrita, arde ahí dentro primero sutil y luego a todo motor.

Quiénes han/hemos amado no nos desvanecemos solo por la idea del amor real que a ratos reluce en la película. Sabemos que solo es la punta del iceberg de Marriage Story. La obsesión, la dependencia emocional, la manipulación patriarcal, el hijo al medio y el ego artístico son planetas que orbitan en torno a aquella noción de amor «sano» que quizás solo emerge al final de la película.

Precisamente cuando la tranquilidad llega a calmar las aguas a través del entendimiento mutuo y el perdón, cuando la comunicación se logra en esa tensión constante que circula por abogados, despachos y arrebatos, el amor romántico se diluye.

López Mondéjar (1999) señala que «para nosotros, occidentales, comunicación y amor son dos palabras antónimas, la pasión amorosa se fragua en el territorio del silencio, o de la incomunicación» (p. 437). Este «amor» siempre visto en positivo, en Marriage Story se desnuda visceral: el mito en carne viva demuestra que el amor no es una novela rosa ni menos una línea recta hacia un final feliz.

La película no solo es la historia de un divorcio, siempre cruda e incómoda y que en nuestra era dejará a más de alguien con la lágrima suelta. Más bien es un retrato de lo confuso que es el amar: conocerse entre personas no es cosa de un año ni de diez. No nos conocemos jamás, pero es bello pensar que sí. Y fue tranquilizador tener el corazón sujeto a otro durante un tiempo. Cuando la paz se hizo en la carne del otro. ¿Qué queda entonces, qué queda luego?

Me saco el sombrero por Scarlett Johansson en esta película, pero a gusto personal, me lo saco más aún por Adam Driver. Marca un ritmo particular con esa altura ambiciosa que no termina jamás de consumar sus deseos por no atreverse al quiebre total. Como si siempre tuviera miedo sentarse en el trono y quebrarlo, de mover un dedo y derribar el corazón. Así se siente, a ojos de esta espectadora, Driver. Así parece a lo lejos. Un desdibujado tótem de luz que no podría haber sido más indicado para esta película. Encarna perfectamente al mejor Narciso: aquel que aparenta no serlo con perfecta sutileza.

Recomiendo encarecidamente Marriage Story y su vértigo en el que nos sumerge. Del dolor se expulsan bellas cosas.


Por Graciela Olave Ramos
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