Encontrarse con mujeres, siendo mujer, no deja de ser una cotidianeidad. Más del 50% de la población humana. Pero un mundo ensimismado, asustado, con la cabeza enterrada en el celular, con el desvelo a cuestas, el cansancio… resulta difícil ver más allá de una misma y la estática ilusión de la realidad.

Estoy segura de que varias mujeres comparten este sentimiento: el feminismo nos salvó. El feminismo aún nos salva. Y en esta supervivencia, la sororidad sostiene.

Estos últimos meses me cruje el cuerpo como una bisagra antigua: millones de puertas viejas abriéndose, rechinando, doliéndose en sí mismas. Dejando entrar el aire a esas cicatrices que parecían obsoletas. Incluso borradas.

Y entre tanto chirrido y transformación, entre tanto mirarme en el espejo y no reconocerme, agachar la cabeza, luego volver a mirar y encontrar una nueva yo, entre tanto jugar en la rueda del hámster hasta agotarme de sutilezas y profundidades, he disfrutado a destajo de una falsa soledad.

Pero me he encontrado a mujeres. Y encontrarse a mujeres, frente al espejo, las que soy yo, las que fui y las que voy conociendo, es reponedor. Y las puertas se aceitan y ya no chirrían estos pesados edificios: hacen música y cada canción lleva un nombre nuevo. Fresco. Nombres de mujer.

Me he encontrado a mujeres: autoras, creadoras, cantantes, viejas amigas, terapeutas, almas viejas. Y es sanadora la certeza de que la soledad jamás es absoluta, sino un breve (y necesario) descanso.

He sido afortunada, regaloneada por poesía…

Por la música…

Fue curioso escuchar esta canción de la Gata justo cuando, metida en la cocina, pensaba en este poema de «No vine a ser carne». Y Spotify me puso el tema sin preguntarme nada. Sin pedirme nada a cambio.

Algo más

Para mí nunca nada es suficiente.
Me da igual que me cantes serenatas
o que conquistes ciudades en regiones
bárbaras bajo mi estandarte
o que lleves mi estandarte a Mercurio o a Urano.

Incluso aunque lo clavaras
en el cabecero de tu cama,
seguiría pareciéndome insuficiente.

Y haces bien en no regalarme flores.
Haces bien, porque ni las magnolias
ni los claveles ni los tulipanes,
ni siquiera las rosas negras,
me conmueven lo más mínimo
ni me parecen una honda declaración.

Ni siquiera los chocolates.
Ni siquiera las noches
en que te muestras elocuente.

Gata Cattana

Y me he visto conversándole a mis amigas las mismas palabras que a mí misma me digo: me he escuchado y he asentido. Me he visto entrando en razón, abrazando el vértigo.

Encontrarse a mujeres nunca deja de ser encontrarse a una misma.


Graciela Olave/Alma Ramos
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