Reflexiones de cuarentena I: volver al espejo infantil

De una manera u otra esta cuarentena nos ha azotado frente al espejo. Algunas se han quebrado, otras se han mantenido estoicas, pero no por eso menos vulnerables. Ha sido como volver a encontrarse con la propia realidad, el propio rostro, el propio cuerpo.

¿Hace cuánto que no nos tocábamos de verdad?

¿Hemos vuelto a nosotros por abandonar el cuerpo de otras u otros?

Esta cuarentena nos ha exigido, de forma abrupta, reconsiderar nuestros caminos, nuestros gustos, nuestros vínculos humanos y sobretodo, el lazo que hemos gestado con nuestra personalidad y nuestro autocuidado.

En medio de estas reflexiones de cuarentena, me pregunto: ¿Somos las mismas que hace dos semanas? Claro que no, y quien diga lo contrario es que tiene la coraza de una tortuga.

Hoy nos hemos tanteado la panza como un reptil que se descubre: es blanda, es dulce, a ratos amarga. La carne de nuestro espíritu late con la fuerza de un ciclón y a veces se acuerda de respirar, de detenerse, humanizarse: ha sobrevivido.

Te acuerdas que de pequeña buscabas ser auténtica, te acuerdas de tantas cosas que te prometiste de niña. Ha tenido que venir una pandemia mundial para acordarte de esa chiquita de cuatro o cinco años mirándose en el reflejo de la ventana, tocándose el rostro como lo has hecho siempre, buscándote a tientas. La niña sin hermanos, la niña de su madre que encontraba pequeños espacios fuera del nido y se preguntaba cómo era ella realmente, cómo sería de grande. Quería ser original, distinta.

La adolescente quiso escribir. La adolescente buscó el arte como un girasol se espiga hacia la luz. En ese minuto parecía punzar dolorosa, pero ahora de grande se ha transformado en la única constancia que te mantiene.

Y sin embargo, la autenticidad infantil, como una anciana en cuerpo mínimo, te vuelve hoy de adulta. Recién ahora la escuchas. Cuánto tiempo la obviaste por parecer poco sabia. En realidad no has sido más que una más, silenciándola, restregándole en la cara los rizos desordenados, la quietud con la que te sentabas en el primer puesto de la escuela, ese afán por leer todo lo que pillaba en casa: periódicos, cuentos, etiquetas, enciclopedias. Recién ahora la entiendes, recién ahora te pesan sus palabras. Sus claras estampas te han hecho quien dices ser ahora.

Su expresión es vaga o enfadada o muy seria. Ronda por los espacios reducidos en los que te mueves, buscas el sol nuevamente, buscas la poesía y la música con hambre y sabes, te das cuenta hoy, que podías ser feliz con tan poco. Que la ansiedad que te come ahora no es por ver a la gente, es por buscar la luz, es por pisar la tierra, subir la montaña, abrazarte aún más a ti y no volverte a soltar jamás. Ese es tu verdadero reencuentro y quede dicho para que no digas que lo olvidaste, niña.

¿Te interesa leer más reflexiones de cuarentena? Visita: Reflexiones de cuarentena II: aspirar a la autenticidad


Por Graciela Olave Ramos
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