Apuntes sobre la autenticidad

 

La autenticidad, al igual que otros misterios de nuestro humano pensamiento, es una utopía. En esto se parece a la objetividad, conceptos de apariencia quieta. Como la imagen de un lago en los días claros de verano. Espejea en su superficie a la solidez del metal, pero en realidad tiembla incluso con una pequeña piedra lanzada en medio de la calma. Tranquilidad rota, curva. Una frecuencia caótica y circular de la que entonces nacen los desvíos.

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Del desvío se crea. La forma ascendente pero desvanecida que deja el golpe en el agua es imposible mientras no haya una precisa dosis de violencia. La violencia no la ha generado el agua. La violencia ha caído sin otra advertencia que el leve zumbido de la piedra proyectada en el aire. Antes de eso no hubo predicción. Tampoco convocatoria.

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La creación es un fugaz nido de cicatrices.

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La intención de ser auténticas es fugaz como la misma creación. La herida es profunda, cala hacia adentro: el nervio subcutáneo duele hasta la más primitiva neurona. Algo me dice que con los años esta herida escarbará más hondo. Buscar la autenticidad es llegar hasta el hueso del espíritu. Un roer constante, un ser «culo inquieto», un «tener pidulles» en el alma.

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Esta cuarentena ha suscitado la necesidad de fisgar en esa herida. Ser tan auténtica como si el mundo fuera siempre un hogar. La misma forma con la que nos acomodamos al sofá, la misma honestidad con la que nos hallamos en nuestra habitación. Despeinadas, lecturas, llantos y alegrías. Si este es un principio franco por el que nos lleva el delirio colectivo, quiero entrar en ese juego. Desnudar palabra y espíritu con toda la bondad que nos-me sea posible.

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La bondad también es un ideal del que no se tiene noticia real, aunque sí virtual. Entendida la virtualidad no solo como representación en dispositivos nacidos de la era informática, sino como cualquier tipo de representación. Representación.

La bondad se deja ver por el visillo como una sombra suave. En ella y por ella la cicatriz también es real. Una cicatriz que implica la entrega de la materia propia: el músculo de la avaricia, el orgullo o el juicio son -temporalmente- descuajados.

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La autenticidad, si no se apoya en la muleta de la bondad, bordea tiránica crueldad

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¿De qué nos sirve la aspiración a ser auténticas y honestas con nuestro ser o lo que creemos que es nuestro ser si gracias a ello nos escudamos de forma consciente para anular a otras?

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Durante esta cuarentena es cierto que gran parte de la humanidad nos hemos confinado junto a un vertedero de máscaras. Las nuestras y las que colgaban intactas, llenas de polvo y añejas por el tiempo en nuestras paredes del hogar. Se han caído, han tambaleado. La primera semana fue dolorosa: verse desnudas, unas contra otras, unas frente a otras. Finalmente, unas por los otras.

No solo ha sido arrinconarnos cada cual en su esquina, mirándose las llagas y la célula desvanecida de lo que hemos creído realidad. También se ha desenvuelto la noción de comunidad.

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A fin de cuentas, ¿de qué sirve el despojo constante y adverso, gradual, doloroso y necesario de estas máscaras si no podemos compartir la autenticidad con otras personas?

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Voy a dejar de omitir en este tipo de entradas tan personales el hecho de que son opiniones completamente subjetivas y que no manifiesta un sentimiento estático porque en realidad no hay personalidades estáticas, ¿verdad? Dicho esto también quiero mencionar que no tengo estudios de filosofía ni de psicología así que todo esto no más que un manojo de pensamientos vagos. Y me gusta mucho hablar/escribir…. se nota?


Por Graciela Olave Ramos
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