A Miguel Delibes lo conocí (literariamente, já) en la Universidad de Chile con Cinco horas con Mario. Desde ahí nunca más volví a tocar su narrativa hasta este 2019 en el que me volví un poco loca con mi TFM y me parecía ver a sus protagonistas en cada cosa que leía, tocaba o veía en la calle. Las memorias que estuve trabajando de Esther Tusquets (novelista, editora y directora por décadas de la editorial Lumen) hablaban de Delibes con una dulzura y una amistad que me dibujó a un Miguel humano, atormentado y tierno. En mi lista de pendientes quedó de los primeros hasta que encontré Los santos inocentes (1981) en El Rastro unas tres semanas después de llegar a vivir a Madrid.

Esther Tusquets junto a Miguel Delibes reposando un día de sol, fotografía tomada por Oriol Maspons
Esther Tusquets y Miguel Delibes, fotografía captada por Oriol Maspons en Sedano (Burgos) en 1961.

Por 3 euros me hice de una edición de Seix Barral de 1983, con tapa dura y hojas acartonadas. El libro no es un texto que se lea lento, aunque requiere de estómago para los menos asiduos a la literatura de carne y hueso (no quiero ofender a nadie, pero a veces leemos aire cuando tenemos el fuego a la mano).

En 178 p√°ginas¬†Los santos inocentes retrata la vida de un grupo de campesinos en la Espa√Īa franquista. El protagonista, Azar√≠as, es un hombre de mediana edad que al parecer sufre de alg√ļn tipo de enfermedad mental (o de santa inocencia) y que ¬ęincomoda¬Ľ permanentemente a los que lo rodean, tanto a su propio c√≠rculo como a los se√Īoritos.

Su provocaci√≥n precisamente ser√° la ternura que lo invade, ese afecto animal a las aves del campo, en especial a la milana,¬†un b√ļho que lo acompa√Īa en su tareas diarias de la vida rural. En el siguiente fragmento se resume, de cierta forma, el cuidado especial de Azar√≠as al Gran Duque y su intento permanente a lo largo de todo el libro de mantenerlo a salvo de los disparos caprichosos de los se√Īoritos y su afici√≥n por la caza.

Azarías le decía al Gran Duque, cada vez que se arrimaba a él, aterciopelando la voz,
milana bonita, milana bonita,
y le rascaba el entrecejo, y le sonre√≠a con las enc√≠as deshuesadas y, si era el caso de amarrarle en lo alto del cancho para que el se√Īorito o la se√Īorita o los amigos del se√Īorito o las amigas de la se√Īorita se entretuviesen disparando a las √°guilas o a las cornejas por la tronera, ocultos en el tollo, Azar√≠as le enrollaba en la pata derecha un pedazo de franela roja para que la cadena no le lastimase y, en tanto el se√Īorito o la se√Īorita o los amigos del se√Īorito o las amigas de la se√Īorita permanec√≠an dentro del tollo, √©l aguardaba como un tallo verde, y , aunque estaba un poco duro de o√≠do, o√≠a los estampidos secos de las detonaciones y, a cada una, se estremec√≠a y cerraba los ojos y, al abrirlos de nuevo, miraba hacia el b√ļho y, al verle indemne, erguido y desafiante, haciendo el escudo, sobre la piedra, se sent√≠a orgulloso de √©l y se dec√≠a conmovido para entre s√≠,
milana bonita,
y experimentaba unos vehementes deseos de rascarle entre las orejas y, as√≠ que el se√Īorito o la se√Īorita, o las amigas del se√Īorito, o los amigos de la se√Īorita, se cansaban de matar rateras y cornejas y sal√≠an del tollo estir√°ndose y desentumeci√©ndose como si abandonaran la bocamina, √©l se aproximaba moviendo las mand√≠bulas arriba y abajo, como si masticase algo, al Gran Duque, y el b√ļho, entonces, se implaba de satisfacci√≥n, se esponjaba como un pavo real y el Azar√≠as le sonre√≠a,
no estuviste cobarde, milana,
le decía, y le rascaba
el entrecejo para premiarle… (Los santos inocentes, pp. 14-15)

La milana no es encarnada solo por el b√ļho. Su esencia se ir√° trasladando simb√≥licamente a lo largo de la novela. Estar√° en la sobrina beb√© de Azar√≠as, estar√° en otros p√°jaros, en otros campesinos.

As√≠, el concepto milana puede leerse como aquella inocencia que se puede perder por culpa del hambre y¬† la pobreza vividas en el campo antiguo (o no tanto, d√©cadas atr√°s). Ah√≠ donde la brutalidad no era realmente representada por la bestialidad animal. La violencia era cualidad de los se√Īoritos, que m√°s all√° de la elegancia citadina con la que volv√≠an al hogar rural, se empe√Īaban en mantener sus privilegios y aun m√°s, en demostrarlos y afirmarlos. Una afirmaci√≥n que en Los santos inocentes¬†pasa la frontera de la palabra para alojarse en la burla y en la bala del cazador.

Esa inocencia que pende de un hilo cuando los humanos nos endurecemos con los a√Īos. Azar√≠as, que es como un ni√Īo, se acerca al pecho a la milana¬†cuando est√° triste, nervioso o tiene rabia. Le calma esa pureza natural que no encuentra en las personas. Y mece esa inocencia fuera de sus manos quiz√°s para no perderla. Quiz√°s para no arruinarla, como tarde o temprano ocurre.

Sin duda es un cl√°sico de Delibes que hay que leer. Ser√° casi imposible no empatizar animalmente con los personajes alados del libro, todos un solo grupo de inocencia liderados por el campesino¬†retardado que nos ense√Īa del amor al cielo, m√°s all√° del raciocino clasista que se nos ha instalado en nuestra idiosincrasia.


Por Graciela Olave

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